viernes, 10 de julio de 2009

LEPRECHAUN


A ella le gusta hacer el amor con la televisión encendida, sin volumen y con la habitación a oscuras. Dice que da una luz muy especial. Esto lo sé porque ella está justo debajo de mí en este momento, y el orgasmo al unísono ha coincidido con la aparición de Barbara Stanwyck en blanco y negro enfundada en un vestido de noche.
Estamos tan empapados de sudor que se oye un grosero sonido de ventosa cuando nuestros cuerpos se separan. Me acerco a la mesita de noche y me enfrasco en la tarea de abrir un paquete de cigarrillos con dedos húmedos y temblorosos. Ella empieza a decirme algo -siempre se vuelve muy habladora después del sexo, debe ser porque no fuma-. Siempre me cuesta concentrarme en dos cosas a la vez, por lo que sólo puedo captar algunas frases al vuelo.
Por fin consigo encender un cigarrillo y dedicarle toda mi atención. Ella ha enronquecido la voz y se cubre la boca con la sábana para que suene más gutural. Esto lo hace cuando imita la voz de su marido.
-Cariño... ¿Has visto mis calzoncillos? Es lo primero que me dice al levantarse por las mañanas- y se echa a reír.
Repentinamente siento una punzada de culpabilidad. Conozco a su marido desde hace años. Una cosa es que me tire a su mujer, pero me parece cruel imaginármelo ahí plantado en medio de esta habitación -que ahora huele a sudor y semen- en camisa y calcetines y con el rabo al aire, sintiéndose ridículo rodeado de medias, sostenes, camisetas, corbatas... y sin encontrar sus calzoncillos.
Disimulo mi turbación lanzando al techo retorcidos pececillos azules de humo y le digo:
-Quizás no sabe buscar en los cajones.
-Lo más curioso -prosigue ella-, es que cada dos por tres (desde que volvimos de viaje, más o menos) pierde sus calzoncillos y luego, o no aparecen, o me los encuentro en los sitios más extraños. Empiezo a sospechar de Antonia.
-¿Antonia?
-La chica de la limpieza -hace un gesto como agitando un plumero en el aire-. Quizás es una fetichista que le sisa los calzoncillos a mi marido -y ríe de nuevo.
Me inclino hacia la mesita para apagar el cigarrillo en el cenicero que tiene forma de trébol y la leyenda “Greetings from Eire”.
-¿Y si el verdadero culpable no es Antonia La Fetichista? -le digo-. A lo mejor os trajisteis de Irlanda un Leprechaun escondido entre vuestro equipaje.
-¿Un lepr… qué ? -parpadea interrogativa.
-Los leprechaun son duendecillos que viven en las casas. No son malignos pero sí traviesos, y les encanta gastar pequeñas bromas -un bostezo-, como robar objetos y cambiarlos de sitio, por ejemplo.
Ella se ha incorporado sobre un codo y simula prestarme una atención exagerada, divertida pero sin malicia, abriendo mucho la boca como si fuera a pronunciar palabras más grandes que su boca. Siento que me estoy volviendo a excitar.
Cuando termina mi breve disertación sobre leyendas célticas ella lanza una rápida mirada al reloj de pared y me susurra al oído:
-¿Sabes si esos lep..., esos duendecillos traviesos hacen cosas como ésta?
Se desliza bajo la sábana y me quedo contemplando el bulto que culebrea hacia mis piernas. Aún estoy excitado y, para no concluir demasiado rápido, me entretengo con uno de mis juegos televisivos: intentar adivinar la fecha aproximada de la película por la edad de los protagonistas. Veo una Stanwyck ya entrada en la cuarentena -la película debe ser del 56, más o menos- y a un actor con el cogote surcado de arrugas, como el de los campesinos, que se inclina para besarla. Seguro que es el cogote de Sterling Hayden.
Bruscamente, nos interrumpe el chirriante sonido de las ruedas de un coche sobre la gravilla.
-¡Joder! -ella se incorpora de repente bajo la sábana, parece un niño jugando a fantasmas. -¡Es él ! ¡Esa mierda de reloj debe haberse parado!
Miro hacia el reloj de pared, marca la una y cinco pero el minutero está inmóvil. Como si la cama estuviera sembrada de agujas ardientes salto hacia la mesita donde ella ha depositado antes mi reloj de pulsera (“no me gustan los hombres que lo hacen con el reloj puesto” -me dijo, sonriendo, mientras me lo quitaba) y la esfera parece dedicarme una malévola sonrisa con las agujas señalando las dos menos diez.
Empezamos a vestirnos a la velocidad del rayo. Ella está razonablemente decente con un vestido de verano que se ha puesto por la cabeza y ahora corretea despeinada y descalza recogiendo evidencias: preservativos, kleenex, colillas...
Se dispone a arrojarlo todo en una bolsa de plástico, pero se detiene para contemplarme con una expresión mezcla de espanto y reproche.
Estoy plantado en el centro de la habitación en mangas de camisa y calcetines, con expresión ausente.
-Mis calzoncillos... no los encuentro.
El rumor metálico de una llave que gira. Un ¡hola, cariño! jovial y unos pasos que se dirigen hacia el dormitorio.
Pero, maldita sea, lo que termina por dejarme helado es una carcajada sardónica y cascada, como de alguien que tuviera doscientos años, y que juraría que proviene del interior del armario.