martes, 12 de diciembre de 2017

DRÁCULA EN LA COCTELERÍA

 ¡Ya tengo un cuadro colgado en Boadas, una coctelería muy popular en Barcelona! Dibujé un camarero haciendo un “Twist” (exprimir un trozo de corteza de naranja sobre el cóctel) Me decidí por el cóctel del día: Punch de ron. Juan, el barman, es una enciclopedia viviente y me informa que punch significa cinco en sánscrito, porque cinco son los ingredientes: azúcar, canela, limón, agua y ron.
 Como los niños a los que les encanta oír varias veces el mismo cuento le pido que me vuelva a contar cuando Christopher Lee -  por entonces invitado al cercano Festival de Cine Fantástico de Sitges- entró en Boadas hace diez años. Pidió un dry Martini. Se le veía apático y cansado hasta que de repente los ojos se le iluminan: ¡Montserrat Caballé acababa de entrar en Boadas! En varias entrevistas Lee había declarado que su ambición frustrada era ser  cantante de ópera. Iniciaron una amistosa charla, pidieron más martinis y un rato después -ante los atónitos clientes de Boadas- se pusieron a cantar a dúo la escena del brindis de La Traviata. ¡Argh!!! Hubiera dado gustoso dos órganos vitales por haber estado allí en aquel momento.
Y aquí el añorado Lee nos fecilita las Navidades con su rotunda voz y a ritmo de Heavy Metal:
DOS GRANDES PELÍCULAS CON GENTE MENUDA
El terror de Tiny Town (1938) es un insólito western protagonizado exclusivamente por enanos que montan poneys y vaqueros que conducen rebaños de terneras. La película fue producida por el empresario Jed Buell que además era el representante de una troupe de enanos.
El protagonista es un vaquero –Bill Curtis- que protege a una ranchera de unos temibles forajidos. El argumento no es demasiado original, pero sí lo son algunas escenas impagables como la entrada de los vaqueros en el saloon pasando por debajo de las puertas batientes.
“Forastero: si mides más de metro y medio abandona Tiny Town antes de la puesta de sol”.
BUGSY MALONE (1976)

El primer film de Alan Parker (Fama, Birdy…) Es una película musical sobre gánsteres que son niños, todos en la película –que aquí se estrenó con el penoso título de Bugsy Malone, nieto de Al Capone - son actores infantiles exclusivamente. No hay balas, sino metralletas que disparan tartas de crema. La protagonizan  Scott Baio (Happy Days) y Jodie Foster, que acababa de convertirse en estrella gracias al éxito de Taxi Driver.
“CREO QUE ESE CLIENTE AÚN NO HA TERMINADO”
Mi último gag para la revista MAYDAY está basado en un caso real. Yo estaba saboreando los famosos sesos a la mantequilla negra de Casa Martin, en Barcelona. Me quedaban tres porciones en el plato cuando un camarero pasó raudo y se me llevó el plato. No estaba dispuesto a renunciar a mis sesos (los de cordero, se entiende) y causamos sensación al entrar en la cocina, él con el plato en la mano y yo detrás picoteando.



viernes, 1 de diciembre de 2017

EL COBRADOR ZOMBI (Relato) Y RECETA

Cada varios minutos apartaba la cortina para ver si seguía ahí fuera. Finalmente apareció tambaleándose  y se detuvo frente a la puerta de mi casa. Solté la cortina, eché el cerrojo y llamé por el móvil a Bea.
-Me sigue un cadáver  -le dije en cuanto descolgó.
-¡Madre mía, Beto! –exclamó Bea-. ¿Estás seguro?
 Hace dos años hubo una plaga, los muertos vivientes caminaban arrastrando sus miembros putrefactos, luego se había puesto freno a los zombis, incluso se les mantenía controlados. Poco después a un avispado empresario se le ocurrió abrir una agencia cobradora –El cobrador zombi S.A.-, los morosos eran perseguidos noche y día por un cadáver ambulante que no cobraba sueldos, ni dormía ni se cansaba. Esta situación duraba hasta que el moroso pagaba sus deudas.
-¿Está aquí? –preguntó Bea.
Asentí. El cadáver aguardaba junto a la entrada del restaurante mirándome fijamente desde el otro lado del cristal. Cuando una pareja abrió la puerta para salir el zombi se introdujo en el local de manera tan desapercibida como una ráfaga de viento otoñal. Y mi cadáver no era el único del restaurante, otro estaba junto a la mesa de una pareja atractiva y trajeada  que contrastaba con los mugrientos harapos del zombi.
 Cuando el cadáver se detuvo junto a nuestra mesa le miré rabioso. No pestañeaba, sus ojos vidriosos nunca pestañeaban.
-No le mires- dijo Bea.
Me llevé a la boca un tortellini. Mastiqué y tragué como pude. Bea seguía comiendo como si nada, aunque observaba el cadáver con el rabillo del ojo.
-¿Debes dinero a alguien, Beto?
-A una empresa de reparaciones a domicilio cuando se estropeó la instalación eléctrica de mi piso y el administrador se desentendió –sobre la mesa y a escasos centímetros de mi plato cayó un dedo del zombi. La punta de una falange asomaba entre la carne pútrida-. Me presentaron una factura abusiva y me negué a pagar.
-¿Quieres que compartamos un postre?
Una hora después, Bea y yo estábamos tumbados en la cama fumando. No me sentía con ganas de practicar sexo. No es extraño cuando te observa desde la puerta del dormitorio un cadáver tieso como una marioneta,  con vísceras sobresaliendo por entre la piel reseca.  Había entrado por la ventana del patio de luces que no cerraba bien.
-Cariño, esto no hay quien lo soporte –resolvió Bea aplastando el cigarrillo en el cenicero- ¿Y si pedimos un préstamo al banco?
 Al día siguiente, con el cadáver que me seguía arrastrando lentamente los pies,  me presenté en la sede de El cobrador zombi. Entregué el cheque a un empleado que tecleó mis datos en su ordenador, luego una enfermera  ató una correa al cuello de mi zombi y se lo llevó dócilmente.
Al concluir del Año Fiscal la empresa El cobrador zombi era la más próspera del país. Sus directivos lo celebraron. Los zombis fueron gratificados con un aperitivo a base de refrescos y galletas saladas.
Por lo visto esos directivos no sabían lo que ocurre cuando un zombi prueba la sal. Los cadáveres recobraron parte de su inteligencia, la justa para comprender que estaban siendo explotados.
Poco después El cobrador zombi había cerrado sus puertas a cal y canto, y en los alrededores de la sede central los muertos vivientes mostraban octavillas de su nuevo sindicato:
Bueno, y ya que se ha hablado de tortellinis...
TORTELLINIS CON CREMA DE ESPINACAS
Cocer un paquete se espinacas congeladas. Escurrirlas bien y sofreír en una sartén, sazonar con sal y pimienta y añadir una copa de vino blanco. Cuando reduzca verter un brick de crema de leche. Remover y cuando se caliente -¡No dejar que hierva!- apagar el fuego y triturar la mezcla en el cuenco para la batidora. Quedará una salsa de un bonito color verde brillante como el vómito de la niña de El Exorcista (vale, debería buscar otro ejemplo) Mientras se cuecen los tortellinis en agua salada recomiendo tostar unos piñones en una sartén sin aceite. Servir los tortellinis con la salsa de espinacas y unos cuantos piñones por encima. 
Ayer hice esta receta con macarrones, le añadí unas aceitunas y tomates cherry.



martes, 21 de noviembre de 2017

EL HIDEBEHIND (Relato) Y GATO POR LIEBRE (Real)

“El Hidebehind (literalmente “El Escondedetrás”) de la fauna americana siempre está detrás de algo. Por más vueltas que dé un hombre, siempre lo tendrá detrás. Por eso nadie lo ha visto, aunque ha matado y devorado a muchos leñadores.”
(El libro de los seres imaginarios. Jorge Luis Borges )
El último vestigio de civilización en kilómetros a la redonda era una cabaña donde un anciano indio pecquod vendía provisiones. Un trampero de ojos febriles que bebía aguardiente de centeno nos advirtió a mí y a los otros tres leñadores sobre el Hidebehind:
-Yo no lo he visto; nadie lo ha visto… pero le he oído en lo más profundo del bosque. Mata… dicen que mata caballos y hombres.
Pensamos que le habían afectado las largas temporadas de soledad en las montañas.
 Pronto desapareció el primero de nosotros, fue durante la tercera noche.
Al día siguiente oímos el grito desgarrador de un compañero que estaba recogiendo leña. Un rastro de ramas quebradas nos indicó que había sido arrastrado hacia la espesura del bosque pero nadie se atrevió a aventurarse.
Foster, el barbudo escocés, opinó que debía merodear un oso por los alrededores del campamento. Encendimos una gran hoguera y hacíamos turnos de guardia, él con una enorme hacha y yo con un revólver Remington de cuando trabajé como explorador para el ejército durante las guerras indias. Varias veces estuve a punto de proponerle vigilar espalda contra espalda pero supuse que se reiría de mis temores: “Eso del Hidebehind” es un cuento para niños” –me dijo al recordarle  la historia del trampero.
Me despertó el ruido del pesado revólver al caer al suelo. Me había vencido el sueño. Junto al linde del bosque había un hacha. Ni rastro alguno de Foster.
Llevo dos días sin comer ni dormir dándole la espalda a la hoguera para que el Hidebehind no me sorprenda por detrás. La leña se está terminando y el crujido del fuego ha dejado paso al chisporroteo de las brasas.  Percibo una presencia acechante, la sensación es tan viva que incluso me parece notar un aliento nauseabundo y malsano en la nuca.
  Agarro con firmeza el revólver y en dos saltos me sitúo frente a un enorme roble. Giro sobre mí mismo y me dirijo de espaldas hacia el árbol pero no consigo apoyarme en el tronco. Unas garras afiladas clavándose alrededor de mi cuello me confirman que  tengo al Hidebehind atrapado entre mi espalda y el roble. Sitúo el arma  sobre mi hombro derecho  con el cañón apuntando hacia atrás y disparo.
Al volverme en un movimiento súbito veo al Hidebehind aullando de dolor con una herida que borbotea  sangre oscura.  Aún estoy paralizado cuando me destroza la garganta de un zarpazo. Caigo hacia atrás y veo al monstruo correr entre los árboles mientras me envuelven tinieblas.
Semanas más tarde un grupo de cazadores encuentran mis restos. Uno de ellos coge mi revólver y se lo cuelga en el cinto. Cuando se van les grito que miren a sus espaldas, hacia un rastro de sangre –sangre negra y maloliente que hasta los insectos evitan- que se confunde en el interior del bosque; pero es sabido que a los muertos nadie puede oírles.
 Además,  los cazadores siempre están ojeando posibles presas y suelen miran hacia adelante. Casi nunca… detrás.
FIN
MIS CUATRO DIAS DE ANGUSTIA
Martes, 13 de junio 2017
 Mi amigo Ivo el fotógrafo –ya he hablado de él más de una vez en el blog- fuimos una tarde a comer una tapa de callos en un bar donde recordábamos que los hacían buenos. Parecía el mismo lugar de siempre pero ahora estaba regentado por una familia oriental. “Bueno –pensé-, puede que sigan cocinando bien los callos”. Nos sirvieron algo rarísimo. La carne estaba cortada en tiras finas nadando en una salsa con inexplicables cartílagos y garbanzos insípidos del tamaño de balines, ni rastro de chorizo ni picante. Lo probamos. Horrible. Ivo me sujeta la mano donde tengo la cuchara.
-¡No te lo comas, Miquel! Creo que es carne de gato.
-¿Qué dices?!!! ¿Es que has comido gato? –Ivo asiente:
-En la guerra de Yugoslavia, ya sabes que estuve de reportero cuando el asedio de Sarajevo en el 93. Por entonces no quedaba ni un gato callejero. El sabor, la textura… Gato -Ivo coge de su bolsa de viaje  un pequeño tupper de plástico donde suele guardar las diapos y echa dos cucharadas de bazofia dentro -. Conozco a un analista que trabaja en Sanidad. Llevará esto a analizar a un laboratorio y como nos hayan dado de comer gato les caerá un buen paquete.
 En la barra dijimos que aquellos callos –o lo que fuera- eran incomibles y que sólo pagaríamos las dos copas de vino infame que nos habíamos bebido mientras los ojos oblicuos del camarero nos miraban con indiferencia.
Miércoles, 15 de junio 2017
“En tres días me darán el informe”, me había dicho Ivo. Mientras tanto observaba con aprensión a mi gato Jabber. Me parecía leer en sus ojos “Canibal” cuando me miraba.
Viernes, 17 de junio 2017
Por fin apareció el número de Ivo en la pantalla de mi móvil.
-Miquel, la buena noticia es que NO es gato. Tampoco es perro y desde luego no es ternera,  y han descartado la carne humana –Ivo hizo una pausa lúgubre-. La mala noticia es que no tienen claro qué tipo de carne es. Creo que es mejor no preguntar más.
Desde ahora sólo comeré los callos que me preparo en casa. Mirad qué buena pinta tienen con su guindilla, chorizo, morcilla y vino blanco.



jueves, 9 de noviembre de 2017

CINCO DÍAS DE ESPANTO

El spot me salió en Youtube, mientras se cargaba el video principal.
No salió lo de Podrá saltarse el anuncio en…  Duraba 20 segundos, primero, un texto: “Help for Haiti” bajo el logotipo de una conocida ONG. Esperaba las inevitables imágenes de gente desnutrida vagando entre los escombros tras el paso del Huracan Matthew, pero en su lugar apareció un palacete desconchado del periodo colonial francés. La cámara penetró por un pasillo con grietas llenas de musgo y al fondo un niño con rastas sentado en una silla.
Su tez muy oscura parecía iluminada por una sonrisa pero al acercarse el objetivo vi que estaba haciendo muecas, no sonriendo, y que sus ojos parecían carbones encendidos entre su piel negra. Tenía un muñeco en la mano; un muñeco vudú. Acercó una aguja hacia su deshilachada cabeza.
 Bruscamente acabó el spot y tuve un sobresalto cuando al mismo tiempo sonó el teléfono. Al otro lado de la línea una voz infantil dijo:
-Cinco días.
-¿Qué…? –dije, pero ya había colgado.
Dejé pasar cuatro días que se me hicieron interminables y en los que evitaba prudentemente las pantallas y el ordenador.
Al quinto día acudí a la ONG y destiné cien euros para Haití. No pude contenerme y dije a la voluntaria que atendía el mostrador:
-Esa campaña suya tiene muy poco de ético. Usan amenazas.
-“Cinco días” no es una amenaza –replicó.
Pero si no llego a dar… -titubeé- tampoco habría pasado nada, ¿no?
-Vaya a saber –dijo ella encogiéndose de hombros-. Los niños muertos pueden ser temibles.

FIN
MÁS ESPANTOS
Jaume, mi agente para los dibujos, vino a comer hace unos días a mi piso. Mientras troceaba un salmonete dejando al descubierto sus espinas  me contó una extraña historia que le pasó hace unos días en el metro. Jaume tiene tendencia a que le sucedan cosas poco corrientes:
“En la estación de Drassanes se sentó frente a mí un africano que llevaba un enorme fardo atado con cuerdas. Ya sabes, uno de esos vendedores de top manta del puerto. Impresionaba, nunca había visto a nadie de piel tan negra, casi púrpura, con tatuajes cicatrizados a ambos lados de la cara y un curioso collar de huesecillos; sin embargo era él quien me miraba fijamente. Empecé a ponerme nervioso, no porque me sintiera amenazado, es que me contemplaba con una especie de temor sagrado, como si hubiera visto a uno de sus dioses más malignos o qué sé yo.

 “Empezó a sudar, se le veía aterrorizado pero seguía sin apartar sus ojos de mi cara. Estaba a punto de levantarme para cambiar de vagón cuando me fijé que a sus pies se estaba formando un pequeño lago ¡Se estaba meando encima, Miquel!”
¡Joeeer! –exclamé.
“Por fin el metro se detuvo –prosiguió Jaume-, hizo unos extraños signos a un palmo de mis narices, supongo que era una especie de conjuro, se cargó el fardo a la espalda y salió del vagón a toda prisa como si le persiguieran todos los demonios africanos”.
Hice una mueca, no por la historia sino porque sentí que una espina puntiaguda acuchillaba mi boca. No había espina, desde que de niño me clavé una en el paladar comiendo salmonetes siento un pinchazo imaginario al comerlos. ¿Reflejos de Pavlov?
-Vaya historia, Jaume. Oye, si no te importa creo que la pondré en mi blog.
LA COLADA DE MIS VECINOS
Está claro cual es el color preferido de mis vecinos. ¿Serán la Família Addams?


miércoles, 1 de noviembre de 2017

VENTISCA. MI RELATO ARGENTINO

La ventisca llamaba a puertas y ventanas con el violento nerviosismo típico de los vientos del Sur pero nadie tenía ganas de levantarse y abrirle. Éramos tres –Sergio, Juan y yo- tragando arena en una casa rodeada de dunas en General Acha, en La Pampa. Dunas. Dunas de crestas irregulares que parecían amontonadas sobre otras dunas…
 Sentados en unos sillones viejos mojábamos con cervezas el polvo que se nos había quedado en la garganta hasta convertirlo en barro y escuchábamos música, mucha música, sobre todo a Spinetta.
Una noche de julio las cosas empezaron a ir mal y es que la ventisca regresó esa noche antes de lo normal de molestar en otros sitios. Por la ventana, mientras jugábamos a las cartas, la vimos arrasando el tejado y saltando en círculos como una loca.
-Esto acabará mal –murmuró Sergio liando un cigarrillo.
Y entonces la ventisca se cayó de la azotea haciendo añicos el equipo de música. La baraja se desparramó y el humo de los cigarrillos se mezcló con el olor de las cervezas que ella había volcado.  Nos quedamos mirando con ojos entornados la ventisca que yacía en el suelo en medio de aquel desorden ciclónico hasta que Juan dijo:
-No la podemos dejar ahí, metedla en mi habitación.
 Cargamos la ventisca entre los tres de lo mucho que pesaba.
Toda la noche se la pasó la ventisca roncando en el colchón de Juan. Sergio preparó mate y se lo dio a la ventisca. Ella se encontraba mal y había vomitado un poco; una especie de pequeños remolinos de aire comprimido. Era la primera vez que fumaba y bebía y se quedó a dormir con Juan la noche siguiente en lugar de ir a molestar a otro sitio.
Juan habló mucho con ella durante ese tiempo y trabaron una buena amistad, hasta le enseñó a jugar al Truco y nos daba unas palizas de las buenas. Pronto nos acostumbramos a verla jugando a los naipes y bebiendo cerveza antes de retirarse a la habitación de Juan. Resultaba curioso pensar que unas semanas atrás había estado soplando con fuerza y echándonos arena a la cara.
Una mañana, Sergio y yo estábamos en la cocina cebando el mate cuando apareció Juan. Tenía una expresión atónita.
-Hace un mes que a Ventisca no le viene la regla –anunció.

FIN
EL POMBERO, UN DUENDE GORRÓN
Dicen que quienes se encuentran con el temible Wendigo pierden su alma, la irlandesa Juanita Dientesverdes se come a los niños y el yeti sigue haciéndose el escurridizo. Entre los seres fantásticos un caso especial es el Pombero, el desdichado que paseando por la selva del norte de Argentina se cruce en su camino éste le pedirá tabaco negro. Esto es lo que hace el Pombero, algo tan familiar como gorrear tabaco. Eso sí, quien no se lo dé sufrirá las consecuencias: su ganado se dispersará, los muebles se estrellarán contra las ventanas y el Pombero se le aparecerá en mitad de la noche con la forma de un asno sin cabeza.
En la película "Embrujada" (1969) el Pombero se topa nada menos que con Isabel Sarli -actriz apodada la 135 por su talla de sujetador- y se entregan a los placeres carnales. Supongo que una vez consumado el acto el Pombero jadeante le susurra al oido a Sarli:
-¿No tendrás un cigarrito? Ahora me apetece mucho.
ESCALOPA MILANESA A LA NAPOLITANA
 A pesar de su nombre no tiene origen italiano sino argentino, podríamos dedir que es como una pizza con base de carne en lugar de pan, cubierta de salsa de tomate y queso. Como no tengo a mano ningún dibujo de escalopas he puesto mi última portada para una novela argentina. 
Salpimenta  los filetes y los introduces  en huevo batido, a continuación pasa por pan rallado.
Fríe en abundante aceite caliente pero no los hagas demasiado, ya que se cocinará luego unos minutos en el horno.
Coloca en la bandeja del horno, con papel de hornear debajo mejor, y cubre con salsa de tomate.
A continuación amolda al tamaño del filete, lonchas de jamón cocido y por encima queso rallado a tu gusto.
Por último, un toque de orégano e introduce en el horno precalentado a 200º Deja que gratine y listo.
Se suelen acompañar con patatas fritas.

miércoles, 25 de octubre de 2017

EL ESPANTAPÁJAROS (Cuento de Halloween)

 -Cuidado con los espantapájaros esta noche - les advirtieron en la posada a Mia y Mara.
Las dos amigas habían decidido pernoctar en un pueblecito centroeuropeo de camino a Dubrovnik. Ese pueblo diminuto y remoto sólo resultaba interesante una noche al año.
"La última noche de agosto -decían las guías turísticas- la gente del pueblo traspasa a sus espantapájaros todo el mal que pueda haber entre ellos por medio de un antiguo ritual. Luego se encierran en sus casas hasta el alba, pues esa noche no sale nadie exceptuando a los espantapájaros según los pueblerinos."
Mia y Mara pasaron la tarde contemplando a los lugareños que recorrían los cultivos en procesión.  Habian cuatro andrajosos espantapájaros, no más, figuras tristes inclinadas sobre los campos dorados. Unos ancianos entonaron extrañas canciones, luego el silencio cayó sobre la multitud y todos se precipitaron hacia el pueblo. Antes Mia se volvió a mirar a los espantapájaros. Se veían inquietantes bajo la luz del crepúsculo, como si sus rostros inexpresivos esperasen ansiosos la llegada de la noche.
 A las dos turistas les pareció que la posada tenía ahora un aspecto distinto, sobrecogedor. Pronto oyeron correr un pesado cerrojo a sus espaldas.
 En su cuarto, avanzada la noche, Mia oyó a Mara quejarse de un olor desagradable, un relente a establo y humedad. Mara le propuso salir fuera a fumar un cigarrillo pero Mia fingía estar dormida.
Cuidado con los espantapájaros esta noche...
La inquieta Mara no podía soportar tanta ociosidad. Se levantó de la cama con un estrépito de muelles, luego Mia escuchó sus pasos al abandonar la habitación y por último el chirrido del cerrojo.
Mara fumaba un cigarrillo recostada en una pared de piedra bajo la vacilante luz de un farol. Aquel instante se llenaba de un estremecimiento invisible de sutiles alientos. Todas las sombras, todos los bellos fantasmas.
Una silueta surgió detrás de ella y la agarró por el cuello.
-¡Suéltame! -gritó Mara.
Pero lo que fuera que la había levantado en vilo acababa de hacerse invisible y, para el resto del mundo, desaparecieron en la oscuridad.
Cuando Mara regresó al alba todos estaban esperándola.
-¿Estás bien? -le preguntó Mia que no había podido conciliar el sueño.
-Claro que estoy bien -respondió Mara.
Entonces ¿por qué tenía el cabello desordenado? ¿Y esos hematomas en el cuello? ¿Y su expresión ausente?
 Mia sintió una culpa no expresada. El alegre sentimiento que había animado el viaje parecía haberse esfumado. Decidieron regresar a casa. No volvieron a verse hasta...
Doce años después. Mia estaba segura de haber visto antes a esa mujer ante la escuela, separada del rebaño de mamás que esperaban para recoger a sus hijos el primer día de curso.
-¿Eres Mara, verdad?
Se separó un tanto y sus ojos parecieron vacilar.
-Sí... y tú eres Mia. Apenas has cambiado -Su voz era fría, con una nota discordante de dureza.
-¿También esperas a tu hijo? -preguntó Mia y en ese momento sonó la campana. Todos los niños se precipitaron hacia la verja.
-Sí, allí está...
Mara señaló a un niño alto, huesudo, con ojos brillantes. Los trigueños mechones de su cabello eran tiesos y sobresalían de su cabeza como si fueran de paja.
-¡Ese niño parece... -susurró Mia.
Como si leyera sus pensamientos el niño se la quedó mirando maliciosamente. Extendió los brazos hacia los costados con las manos colgando fláccidas. Ladeó la cabeza y soltó una estridente carcajada.
- ...parece un espantapájaros!!! 
FIN
PROBLEMILLAS DE CENSURA
"¿Qué le hace pensar que su marido le ha sido infiel?" Los ingleses me rechazaron el chiste alegando que MAYDAY es una revista familiar y no pueden aparecer cigarrillos. Luego me lo dejaron pasar a cambio de suprimir el humo para que no parezcan encendidos. ¡La pera!
Los días 1 y 2 de noviembre estaré en Pratdip (Tarragona) un pueblo famoso por su leyenda de los perros-vampiro, incluso aparece uno en el escudo del pueblo. La cosa promete: mercado medieval con productos mágicos, Pasaje del terror... y hasta un concurso de gritos. ¿Alguien se apunta?
¡Feliz Halloween!


lunes, 16 de octubre de 2017

TARÓN Y EL CALDERO MÁGICO, LA PELÍCULA MÁS DESCONOCIDA DE DISNEY

 Y la más terrorífica. A fines de los setenta los Estudios Disney estaban dirigidos por Ron Miller, el yerno de Walt, que decidió captar al público juvenil. Lo intentó con Tron (1982) la primera película con animación digital que fue un fracaso en taquilla, aunque luego se ganara el status de película de culto.
Miller depositó su confianza en Taron, basada en los cinco libros de ‘Las Crónicas de Prydain’ del escritor Lloyd Alexander.
 Don Bluth, director de animación, admiraba la fallida El señor de los anillos (1978) que Ralph Baksi rodó con el sistema  Rotoscopio, que permitía pintar sobre personajes reales consiguiendo mayor realismo. Bluth intentó contratar a Baksi pero éste sólo aceptó hacer algunos bocetos y sí, se nota la mano de Baksi en el personaje del Rey Horned. Su aspecto cadavérico, con ojos llameantes, y su voz (John Hurt, en el original) aterrorizaron a los niños de la época.
 En el equipo de animadores se encontraba el joven Tim Burton que pasó bastante del tema y dedicó la mayor parte del tiempo a preparar bocetos para su proyecto Pesadilla para antes de Navidad .
Taron y el caldero mágico (1985) destila un clima de esquizofrenia, pues junto a los característicos e infantilizados secundarios disneyanos (la cerdita Hen Wen) desfilan zombis, muertos decapitados…  
 Otro ejemplo del malditismo de la película es su protagonista femenino, Elena, que a pesar de ser princesa nunca ha sido incluida en el elenco de princesas Disney.

La película se saldó con el mayor fracaso de taquilla en la historia de los estudios (no apareció en  video hasta 1988, trece años después)  y el nuevo director de Disney, Mike Eisner, decidió dirigirse al público infantil. La jugada le salió bien, apostó por La sirenita (1989) que fue un exitazo.
EL GATO DE SCHÖRINDGER
En Big Bang Theory se menciona a veces este experimento: un gato en el interior de una caja sellada con una cápsula de veneno que puede romperse. Hay el 50% de posibilidades de que eso ocurra. Por eso, según la lógica cuántica, durante un tiempo el gato está a la vez vivo y muerto.
¿Pero y si al abrir la caja el gato se ha convertido en zombi? ¿Cómo afectaría eso al experimento? Se admiten teorías.

Ya tocaba una receta:
 POLLO A LOS VEINTE DIENTES DE AJO
Se prepara con un pollo entero, vaciado y listo para asar.
Frotar enérgicamente el pollo con aceite y sal gruesa.
Rellenar con veinte dientes de ajo (ni uno más ni menos o ya no sería esa receta y tendría que llamarse de otra manera) medio limón y una hoja de laurel.
Rociar con cava o vino blanco y dejar en el horno a 250º. Estará listo en 45 minutos esparciendo un delicioso olor por la cocina. Conviene rociar el pollo con su jugo durante la cocción. En fin, más fácil imposible.