martes, 8 de septiembre de 2009

VISITANTE INDESEADO


A causa de unas obras en el alcantarillado enfrente de mi casa ha entrado una rata en la escalera. De momento he comprado una ratita de goma para ver si al perezoso de mi gato se le despiertan sus instintos depredadores. Al menos la ratita ya me ha servido de algo: la he puesto bajo el escáner y ha salido en esta portada que me han encargado para una edición inglesa de La peste de Camus. Decido bajar a una droguería para adquirir un raticida. El dependiente me aconseja un cebo con aspecto de macarrones color fucsia. “Se supone que las ratas no distinguen los colores –dice el dependiente- pero sienten atracción por este color”. Me explica que, una vez ingerido, el cebo se hincha y se hincha hasta que el roedor literalmente explota (como el tragaldabas de El sentido de la vida de los Monthy Phyton) No me atrae la idea de encontrarme por la escalera los restos de una rata convertida en mondongo, así que me decido por un veneno con efectos menos devastadores. Mientras el dependiente con guardapolvo azul me cobra paseo la mirada por una gran cantidad de venenos y pesticidas muy bien clasificados. ¡Hay uno específico para el mosquito del olivo, ni sabía que existía!

Cuando salgo de la tienda recuerdo al protagonista de la novela de Burroughs El almuerzo desnudo (a la izquierda, la portada que hice del libro) que se chutaba el polvo mata-cucarachas que conseguía con su trabajo como exterminador. Cuando leí el libro (hace años y en un lugar muy apropiado: el cuartucho del encargado de las letrinas en la mili) pensé que era una novela inadaptable para el cine pero David Cronenberg consiguió con ella una de sus películas más personales y logradas. Esta es una de mis secuencias preferidas: cuando Peter Weller se encuentra en un bar con un extrañísimo compañero de copas.