lunes, 27 de abril de 2009

SE NECESITA CORAZON EN BUEN ESTADO


A finales de los años 80 y siempre en el mismo sitio de Las Ramblas de Barcelona –frente al mercado de La Boquería - se podía ver a un hombre estatua disfrazado como el Hombre de Hojalata de El Mago de Oz (el que acompañaba a Dorothy, el Espantapájaros y el León en busca del corazón que la bruja le había arrebatado) Este hombre estatua llegó a hacerse bastante popular –Bartolomé Seguí lo sacó en uno de sus cómics en la revista El Víbora- no por lo más o menos conseguido de su disfraz sino porque estaba algo desequilibrado y tenía muy malas pulgas. Un día lo vi persiguiendo a unas chicas que se habían imprudentemente reído de él. Las chicas corrían despavoridas perseguidas por el Hombre de Hojalata que agitaba un hacha de plástico (espero). Esa escena me dio una idea para una pequeña historia pero siempre me daba pereza ponerme a escribir o dibujarla así que contaré brevemente de que va:
El Hombre de Hojalata se encuentra como siempre frente al mercado en un tórrido día de agosto mientras un grupo de bulliciosos turistas japoneses le disparan fotos.
El calor provoca emanaciones tóxicas en la pintura plateada del hombre estatua lo que, unido a su precario estado mental y los enervantes flashes, sucede lo irremediable: los cables se le cruzan del todo y se cree el auténtico Hombre de Hojalata. ¡Necesito un corazón!
Se dirige a toda prisa al mercado, consigue un enorme cuchillo de un puesto de carnicería, regresa a su improvisado escenario y con la destreza de un cirujano clava el cuchillo a uno de los turistas japoneses y le extrae el corazón.
Unos minutos después una pareja de policías se abre paso a empujones entre la barrera de curiosos y lo que ven les deja atónitos: el Hombre de Hojalata está sentado en el suelo con una expresión de felicidad bovina y un ensangrentado corazón que sostiene a la altura del pecho.
Con firmeza pero sin brusquedad agarran al Hombre de Hojalata aunque él, sin embargo, no ve a dos policías sino al León y al Espantapájaros. Le conducen hacia el coche patrulla y es entonces cuando el grupo de curiosos que sigue la escena descubren con asombro que por donde ellos pasan las baldosas de La Rambla se tiñen de amarillo.
FIN