Señoras y señores. Monstruos y monstruas. El 31 de enero es el Día mundial del traje de gorila. Su
origen está en el homenaje que unos lectores de la revista MAD dedicaron al
dibujante Don Martin y a sus delirantes tiras con personajes enfundados en
disfraces simiescos. Evento friki donde los haya y buen momento para recordar los apuros de los Hermanos Marx para conseguir un disfraz de gorila para Una tarde en el circo:
“Las complicaciones fueron innumerables –cuenta Groucho en su libro Memorias de un amante sarnoso-. El
actor que contratamos para interpretar al gorila tenía un agente, pero no una
piel de gorila. Descubrimos que el pellejo de gorila tenía otro agente. El día
en que debía rodarse la escena ambos agentes estaban en el escenario. Era un
día excepcionalmente caluroso sin contar los potentes focos que iluminaban el
estudio. El actor terminó por desmayarse dentro de su peludo disfraz y se negó a volver a meterse dentro de aquella piel (En la foto de la izquierda en el momento de presentar su renuncia).
Hollywood no disponía de otra piel de gorila. En San Diego
localizamos un actor propietario de una piel de orangután pero como todo el
mundo sabe un orangután es más pequeño que un gorila así que tuvimos que
contratar a un hombre más pequeño especializado en papeles de orangután.
Algunos críticos quisquillosos se quejaron de que en algunas
escenas el gorila parecía mayor que otras y que esto mermaba la verosimilitud
de la trama amorosa.”
Y ahora, uno de los disfraces de gorila más famosos del
cine:
Es curioso que en el cine clásico los gorilas suelen
aparecer como desenfrenados primates libidinosos cuando en realidad su
sexualidad es bastante primaria.
Muy lejos de los Bononos, parientes de los chimpancés que
usan las relaciones sexuales incluso a modo de saludo (Hola, qué tal –traka,
traka- Pues ya ves –traka, traka- …) Curiosos, esos Bononos.
EL PRIMER CHISTE QUE ME CONTARON ESTE AÑO. Aviso: me gustan muy malos.
Y MI PRIMER ENCARGO DEL AÑO. Una tarjeta para un restaurante de Kaitensushi, un bufet japonés donde los platos salen por una cinta transportadora.
Y una performance de terror en mi casa dedicada a The Ring. Mi frikismo no conoce fronteras... yo soy el de la camiseta negra.
En fin, feliz Dia del Disfraz de gorila a todos!!!
Relato escrito a cuatro manos con Melmoth el Errabundo
Daniel y Dana son una pareja de surrealistas. Siempre hablan
de David Lynch y de Jandek. Entre semana suelen cenar fuera –lo que ya es
bastante surrealista- y hoy Daniel la lleva a un local interesante.
-Es uno de los restaurantes chinos de los que ya no quedan
–le susurra Daniel.
Los farolillos que
cuelgan en la fachada se mueven ligeramente con la brisa llena de monóxido de
carbono. Hay una enorme pecera vacía. Se puede ver el típico barco hundido
cubierto de polvo junto a un buzo verniano, y algunos cadáveres de peces de los
años ochenta. Según dicen por el barrio la pareja que lleva este restaurante
duermen en la cocina desde hace treinta años.
Una pareja madura son los únicos clientes y la mujer los
mira con un terror inexplicable cuando los surrealistas se sientan en la mesa
de enfrente. El cocinero saca la cabeza
de vez en cuando por la pequeña ventana que une la cocina con el comedor. Tiene
unos dientes enormes y es idéntico al Mr.
Yunioshi interpretado por Mickey Rooney en Desayuno con diamantes. Les entrega la carta y desaparece del comedor
dando saltitos.
“El restaurante parece un decorado”, piensa Daniel. Muy
surrealista. Se oyen ahogados sonidos
extraños, como dos fantasmas conversando por un teléfono con interferencias.
El surrealista y su novia siempre piden el mismo plato. Hoy,
costillas lacadas. La pareja madura piden pez Fugu, un pescado que puede ser
mortalmente venenoso si no se corta adecuadamente. El cocinero regresa de la
cocina y les sirve el pescado mientras en un brazo sostiene un gato.
-Me temo que mis manos no son tan precisas como antes a
causa de la artritis –les informa el cocinero-. Pero por si acaso aquí tienen a
un gato que les servirá de catador -. Corta una porción de pescado y le dice al
minino: -¡Come, Borgia!
El gato devora la pieza de pescado y lame satisfecho sus
bigotes. El cocinero sirve las costillas a los surrealistas y sus piernas,
libres de peso, corretean por el comedor como un juguete teledirigido
tropezando con las mesas. La pareja madura consideran que ha pasado un tiempo
prudente y saborean el pez Fugu. Poco después el gato empieza a toser entre
convulsiones y se queda tumbado en el suelo inmóvil, haciendo ruidos raros de
animal moribundo.
Al hombre le da un soponcio y se derrumba sobre el mantel.
La mujer sale corriendo y se golpea la cabeza contra el marco de la puerta que
comunica con la cocina yaciendo tirada e inconsciente en el suelo. El gato se
levanta y se ríe a carcajadas que suenan como tijeras rasgando linóleo.
-¿Has visto, Dana? ¡Un gato bromista! –dice un eufórico
Daniel- ¡Es lo más surrealista que he visto nunca!!!
-Sí… estoy algo cansada -murmura Dana que está más
acostumbrada a situaciones extravagantes-. ¿Pedimos la cuenta, Dani?
El cocinero reaparece saltando sobre el cuerpo inerte de la
señora madura. Hace una reverencia a la pareja surrealista revelando el
torbellino que se forma en su coronilla.
-Nos vamos a dormir –dice el cocinero suavemente señalando
la puerta de la cocina-. Si quieren acompañarnos, la señora Wang ha preparado
las camas.
“¡Nos invitan a dormir con ellos!”, se asombra Daniel. Había
planeado llevar a Dana a su piso, tomar una copa de absenta y tener relaciones
sexuales con el sonido industrial de Jandek como fondo. Pero este
sería un excelente colofón para una cena surrealista.
En la cocina les esperan cuatro camastros y la señora Wang
que habla con acento más marcado que su marido. Entrega a Daniel un palo con un
gancho en el extremo de los que se usan para alcanzar objetos en estantes
altos.
-Pala las latas –dice la señora, pero Daniel mira en
derredor y no ve ninguna lata.
-Latas glandes como conejos –aclara la señora Wang-. A
veces, colen por la cocina.
La pareja surrealista y el matrimonio chino se desean buenas
noches y apagan la luz. Al poco rato todos duermen, excepto Daniel, aún
extasiado por la experiencia.
FIN
¿Y QUIÉN ES JANDEK? PUES EL CANTANTE MÁS MISTERIOSO DEL MUNDO
Se
hace llamar Jandek. Lleva unos 59 discos grabados desde 1978 que no se venden
en las tiendas, para adquirirlos hay que pedirlos por medio de un apartado de
correos de Houston, Texas, a la fantasmal discográfica Corwood Ind. Casi todos
los elepés llevan una cubierta ilustrada con una –supuesta- foto del músico,
granulada y con aspecto de los años 70. Solo ha concedido dos entrevistas por
teléfono y en el 2003 le dedicaron un documental en el que no aparece. Su
música es difícil: guitarra acústica y eléctrica con toques de blues y folk.
MI REGALO DE REYES: COLECCIÓN EDGAR WALLACE
Un pack con la serie alemana de los años 60 sobre las obras de misterio de E. Wallace.
Todas protagonizadas por el mismo actor, Joachim Fuchsberger que aquí vemos con Klaus Kinski en mi favorita: Los ojos muertos deLondres. También recomiendo El misterio de los narcisos amarillos con el gran Christopher Lee.
Fuschsberger tuvo un final que parece sacado de una trama de Wallace. Durante un show televisivo en 1980 fue mordido por un chimpance. Las hehidas le causaron una rápida expansión de virus falleciendo poco después en la sala de aislamiento de un hospital.
Y LA RECETA: COSTILLAS LACADAS
Necesitaremos un costillar de cerdo. En una fuente o plato hondo pon las costillas y cúbrelas con
la salsa de soja, un chorrito de zumo de limón, una cucharada de pimentón,
cebolleta cortada en rodajas finas y una cucharada de azúcar. Deja las
costillas en la nevera y que reposen durante una noche entera en este adobo
dándoles la vuelta de vez en cuando.
Cuando las vayas a preparar pon el horno a la máxima
temperatura durante 15 minutos. Recomiendo usar esos moldes de un solo uso para horno de papel de aluminio pues luego es muy
engorroso limpiar el caramelizado.
Pon a hornear las costillas y que se vayan cociendo unos 30
minutos. Quedarán caramelizadas, oscuras (parecen teclas de piano) y muy
sabrosas.
Ya están listas para comer con los dedos. Quedan muy bien con arroz blanco, aunque quedarás como todo un as de la cocina oriental si
bajas al restaurante chino de la esquina, a por una ración de pan de gambas para acompañarlas.
Mi madre ha aceptado que no tiene el cuerpo para preparar sola la cena de Nochebuena y al fín consintió en que viniera a ayudarla. Para la ocasión me traje mi cuchillo profesional de cuando era ayudante de cocinero.
"FRANCAMENTE, NO ENTIENDO ESE HUMOR MODERNO". De momento seguiré con mis viñetas para la revista MAYDAY.
Y ahora un microrrelato para dar un toque inquietante a la Navidad:
Dejamos un cuenco con galletas y un vaso de leche.
"Papá Noel vendrá hambriento y fatigado" dijo mi padre. Al día
siguiente corrimos alborozados a ver los regalos.
El cuenco y el vaso estaban intactos. El perro había
desaparecido.
¡Ya tengo un cuadro colgado en Boadas, una coctelería muy
popular en Barcelona! Dibujé un camarero haciendo un “Twist” (exprimir un trozo
de corteza de naranja sobre el cóctel) Me decidí por el cóctel del día: Punch
de ron. Juan, el barman, es una enciclopedia viviente y me informa que punch
significa cinco en sánscrito, porque cinco son los ingredientes: azúcar,
canela, limón, agua y ron.
Como los niños a los que les encanta oír varias veces el
mismo cuento le pido que me vuelva a contar cuando Christopher Lee - por entonces invitado al cercano Festival de
Cine Fantástico de Sitges- entró en Boadas hace diez años. Pidió un dry
Martini. Se le veía apático y cansado hasta que de repente los ojos se le
iluminan: ¡Montserrat Caballé acababa de entrar en Boadas! En varias
entrevistas Lee había declarado que su ambición frustrada era ser cantante de
ópera. Iniciaron una amistosa charla, pidieron más martinis y un rato después
-ante los atónitos clientes de Boadas- se pusieron a cantar a dúo la escena del
brindis de La Traviata. ¡Argh!!! Hubiera dado gustoso dos órganos vitales por
haber estado allí en aquel momento.
Y aquí el añorado Lee nos fecilita las Navidades con su rotunda voz y a ritmo de Heavy Metal:
DOS GRANDES PELÍCULAS CON GENTE MENUDA
El terror de Tiny Town (1938) es un insólito western
protagonizado exclusivamente por enanos que montan poneys y vaqueros que
conducen rebaños de terneras. La película fue producida por el empresario Jed
Buell que además era el representante de una troupe de enanos.
El protagonista es un vaquero –Bill Curtis- que protege a
una ranchera de unos temibles forajidos. El argumento no es demasiado original,
pero sí lo son algunas escenas impagables como la entrada de los vaqueros en el
saloon pasando por debajo de las puertas batientes.
“Forastero: si mides más de metro y medio abandona Tiny Town
antes de la puesta de sol”.
BUGSY MALONE (1976)
El primer film de Alan Parker (Fama, Birdy…) Es una película
musical sobre gánsteres que son niños, todos en la película –que aquí se
estrenó con el penoso título de Bugsy Malone, nieto de Al Capone - son actores
infantiles exclusivamente. No hay balas, sino metralletas que disparan tartas de
crema. La protagonizan Scott Baio (Happy
Days) y Jodie Foster, que acababa de convertirse en estrella gracias al éxito
de Taxi Driver.
“CREO QUE ESE CLIENTE AÚN NO HA TERMINADO”
Mi último gag para la revista MAYDAY está basado en un caso
real. Yo estaba saboreando los famosos sesos a la mantequilla negra de Casa Martin,
en Barcelona. Me quedaban tres porciones en el plato cuando un camarero pasó
raudo y se me llevó el plato. No estaba dispuesto a renunciar a mis sesos (los
de cordero, se entiende) y causamos sensación al entrar en la cocina, él con el
plato en la mano y yo detrás picoteando.
Cada varios minutos apartaba la cortina para ver si seguía
ahí fuera. Finalmente apareció tambaleándose
y se detuvo frente a la puerta de mi casa. Solté la cortina, eché el
cerrojo y llamé por el móvil a Bea.
-Me sigue un cadáver
-le dije en cuanto descolgó.
-¡Madre mía, Beto! –exclamó Bea-. ¿Estás seguro?
Hace dos años hubo una plaga, los muertos vivientes
caminaban arrastrando sus miembros putrefactos, luego se había puesto freno a
los zombis, incluso se les mantenía controlados. Poco después a un avispado
empresario se le ocurrió abrir una agencia cobradora –El cobrador zombi S.A.-,
los morosos eran perseguidos noche y día por un cadáver ambulante que no
cobraba sueldos, ni dormía ni se cansaba. Esta situación duraba hasta que el
moroso pagaba sus deudas.
-¿Está aquí? –preguntó Bea.
Asentí. El cadáver aguardaba junto a la entrada del
restaurante mirándome fijamente desde el otro lado del cristal. Cuando una
pareja abrió la puerta para salir el zombi se introdujo en el local de manera tan
desapercibida como una ráfaga de viento otoñal. Y mi cadáver no era el único
del restaurante, otro estaba junto a la mesa de una pareja atractiva y trajeada
que contrastaba con los mugrientos
harapos del zombi.
Cuando el cadáver se detuvo junto a nuestra mesa le miré
rabioso. No pestañeaba, sus ojos vidriosos nunca pestañeaban.
-No le mires- dijo Bea.
Me llevé a la boca un tortellini. Mastiqué y tragué como
pude. Bea seguía comiendo como si nada, aunque observaba el cadáver con el
rabillo del ojo.
-¿Debes dinero a alguien, Beto?
-A una empresa de reparaciones a domicilio cuando se
estropeó la instalación eléctrica de mi piso y el administrador se desentendió
–sobre la mesa y a escasos centímetros de mi plato cayó un dedo del zombi. La
punta de una falange asomaba entre la carne pútrida-. Me presentaron una
factura abusiva y me negué a pagar.
-¿Quieres que compartamos un postre?
Una hora después, Bea y yo estábamos tumbados en la cama
fumando. No me sentía con ganas de practicar sexo. No es extraño cuando te
observa desde la puerta del dormitorio un cadáver tieso como una
marioneta, con vísceras sobresaliendo
por entre la piel reseca. Había entrado
por la ventana del patio de luces que no cerraba bien.
-Cariño, esto no hay quien lo soporte –resolvió Bea
aplastando el cigarrillo en el cenicero- ¿Y si pedimos un préstamo al banco?
Al día siguiente, con el cadáver que me seguía arrastrando
lentamente los pies, me presenté en la
sede de El cobrador zombi. Entregué el cheque a un empleado que tecleó mis datos
en su ordenador, luego una enfermera ató
una correa al cuello de mi zombi y se lo llevó dócilmente.
Al concluir del Año Fiscal la empresa El cobrador zombi era
la más próspera del país. Sus directivos lo celebraron. Los zombis fueron gratificados con un aperitivo a base de refrescos y galletas
saladas.
Por lo visto esos directivos no sabían lo que ocurre cuando
un zombi prueba la sal. Los cadáveres recobraron parte de su inteligencia, la
justa para comprender que estaban siendo explotados.
Poco después El cobrador zombi había cerrado sus puertas a
cal y canto, y en los alrededores de la sede central los muertos vivientes
mostraban octavillas de su nuevo sindicato:
Bueno, y ya que se ha hablado de tortellinis...
TORTELLINIS CON CREMA DE ESPINACAS
Cocer un paquete se espinacas congeladas. Escurrirlas bien y sofreír en una sartén, sazonar con sal y pimienta y añadir una copa de vino blanco. Cuando reduzca verter un brick de crema de leche. Remover y cuando se caliente -¡No dejar que hierva!- apagar el fuego y triturar la mezcla en el cuenco para la batidora. Quedará una salsa de un bonito color verde brillante como el vómito de la niña de El Exorcista (vale, debería buscar otro ejemplo) Mientras se cuecen los tortellinis en agua salada recomiendo tostar unos piñones en una sartén sin aceite. Servir los tortellinis con la salsa de espinacas y unos cuantos piñones por encima.
Ayer hice esta receta con macarrones, le añadí unas aceitunas y tomates cherry.
“El Hidebehind (literalmente “El Escondedetrás”) de la fauna
americana siempre está detrás de algo. Por más vueltas que dé un hombre,
siempre lo tendrá detrás. Por eso nadie lo ha visto, aunque ha matado y
devorado a muchos leñadores.”
(El libro de los seres imaginarios. Jorge Luis Borges )
El último vestigio de civilización en kilómetros a la
redonda era una cabaña donde un anciano indio pecquod vendía provisiones. Un
trampero de ojos febriles que bebía aguardiente de centeno nos advirtió a mí y
a los otros tres leñadores sobre el Hidebehind:
-Yo no lo he visto; nadie lo ha visto… pero le he oído en lo
más profundo del bosque. Mata… dicen que mata caballos y hombres.
Pensamos que le habían afectado las largas temporadas de
soledad en las montañas.
Pronto desapareció el primero de nosotros, fue durante la
tercera noche.
Al día siguiente oímos el grito desgarrador de un compañero
que estaba recogiendo leña. Un rastro de ramas quebradas nos indicó que había
sido arrastrado hacia la espesura del bosque pero nadie se atrevió a
aventurarse.
Foster, el barbudo escocés, opinó que debía merodear un oso
por los alrededores del campamento. Encendimos una gran hoguera y hacíamos
turnos de guardia, él con una enorme hacha y yo con un revólver Remington de
cuando trabajé como explorador para el ejército durante las guerras indias.
Varias veces estuve a punto de proponerle vigilar espalda contra espalda pero
supuse que se reiría de mis temores: “Eso del Hidebehind” es un cuento para
niños” –me dijo al recordarle la
historia del trampero.
Me despertó el ruido del pesado revólver al caer al suelo.
Me había vencido el sueño. Junto al linde del bosque había un hacha. Ni rastro
alguno de Foster.
Llevo dos días sin comer ni dormir dándole la espalda a la
hoguera para que el Hidebehind no me sorprenda por detrás. La leña se está
terminando y el crujido del fuego ha dejado paso al chisporroteo de las brasas.
Percibo una presencia acechante, la
sensación es tan viva que incluso me parece notar un aliento nauseabundo y malsano
en la nuca.
Agarro con firmeza el
revólver y en dos saltos me sitúo frente a un enorme roble. Giro sobre mí mismo
y me dirijo de espaldas hacia el árbol pero no consigo apoyarme en el tronco.
Unas garras afiladas clavándose alrededor de mi cuello me confirman que tengo al Hidebehind atrapado entre mi espalda
y el roble. Sitúo el arma sobre mi
hombro derecho con el cañón apuntando hacia
atrás y disparo.
Al volverme en un movimiento súbito veo al Hidebehind
aullando de dolor con una herida que borbotea sangre oscura.
Aún estoy paralizado cuando me destroza la garganta de un zarpazo. Caigo
hacia atrás y veo al monstruo correr entre los árboles mientras me envuelven
tinieblas.
Semanas más tarde un grupo de cazadores encuentran mis
restos. Uno de ellos coge mi revólver y se lo cuelga en el cinto. Cuando se van
les grito que miren a sus espaldas, hacia un rastro de sangre –sangre negra y
maloliente que hasta los insectos evitan- que se confunde en el interior del
bosque; pero es sabido que a los muertos nadie puede oírles.
Además, los cazadores siempre están ojeando posibles
presas y suelen miran hacia adelante. Casi nunca… detrás.
FIN
MIS CUATRO DIAS DE ANGUSTIA
Martes, 13 de junio 2017
Mi amigo Ivo el fotógrafo –ya he hablado de él más de una
vez en el blog- fuimos una tarde a comer una tapa de callos en un bar donde
recordábamos que los hacían buenos. Parecía el mismo lugar de siempre pero
ahora estaba regentado por una familia oriental. “Bueno –pensé-, puede que
sigan cocinando bien los callos”. Nos sirvieron algo rarísimo. La carne estaba
cortada en tiras finas nadando en una salsa con inexplicables cartílagos y
garbanzos insípidos del tamaño de balines, ni rastro de chorizo ni picante. Lo
probamos. Horrible. Ivo me sujeta la mano donde tengo la cuchara.
-¡No te lo comas, Miquel! Creo que es carne de gato.
-¿Qué dices?!!! ¿Es que has comido gato? –Ivo asiente:
-En la guerra de Yugoslavia, ya sabes que estuve de
reportero cuando el asedio de Sarajevo en el 93. Por entonces no quedaba ni un gato
callejero. El sabor, la textura… Gato -Ivo coge de su bolsa de viaje un pequeño tupper de plástico donde suele
guardar las diapos y echa dos cucharadas de bazofia dentro -. Conozco a un
analista que trabaja en Sanidad. Llevará esto a analizar a un laboratorio y
como nos hayan dado de comer gato les caerá un buen paquete.
En la barra dijimos que aquellos callos –o lo que fuera-
eran incomibles y que sólo pagaríamos las dos copas de vino infame que nos
habíamos bebido mientras los ojos oblicuos del camarero nos miraban con
indiferencia.
Miércoles, 15 de junio 2017
“En tres días me darán el informe”, me había dicho Ivo.
Mientras tanto observaba con aprensión a mi gato Jabber. Me parecía leer en sus
ojos “Canibal” cuando me miraba.
Viernes, 17 de junio 2017
Por fin apareció el número de Ivo en la pantalla de mi
móvil.
-Miquel, la buena noticia es que NO es gato. Tampoco es
perro y desde luego no es ternera, y han
descartado la carne humana –Ivo hizo una pausa lúgubre-. La mala noticia es que
no tienen claro qué tipo de carne es. Creo que es mejor no preguntar más.
Desde ahora sólo comeré los callos que me preparo en casa.
Mirad qué buena pinta tienen con su guindilla, chorizo, morcilla y vino blanco.
El spot me salió en Youtube, mientras se cargaba el video
principal.
No salió lo de Podrá saltarse el anuncio en… Duraba 20 segundos, primero, un texto: “Help
for Haiti” bajo el logotipo de una conocida ONG. Esperaba las inevitables
imágenes de gente desnutrida vagando
entre los escombros tras el paso del Huracan Matthew, pero en su lugar apareció
un palacete desconchado del periodo colonial francés. La cámara penetró por un
pasillo con grietas llenas de musgo y al fondo un niño con rastas sentado en
una silla.
Su tez muy oscura parecía iluminada por una sonrisa pero al
acercarse el objetivo vi que estaba haciendo muecas, no sonriendo, y que sus
ojos parecían carbones encendidos entre su piel negra. Tenía un muñeco en la mano;
un muñeco vudú. Acercó una aguja hacia su deshilachada cabeza.
Bruscamente acabó el spot y tuve un sobresalto cuando al
mismo tiempo sonó el teléfono. Al otro lado de la línea una voz infantil dijo:
-Cinco días.
-¿Qué…? –dije, pero ya había colgado.
Dejé pasar cuatro días que se me hicieron interminables y en
los que evitaba prudentemente las pantallas y el ordenador.
Al quinto día acudí a la ONG y destiné cien euros para
Haití. No pude contenerme y dije a la voluntaria que atendía el mostrador:
-Esa campaña suya tiene muy poco de ético. Usan amenazas.
-“Cinco días” no es una amenaza –replicó.
Pero si no llego a dar… -titubeé- tampoco habría pasado
nada, ¿no?
-Vaya a saber –dijo ella encogiéndose de hombros-. Los niños
muertos pueden ser temibles.
FIN
MÁS ESPANTOS
Jaume, mi agente para los dibujos, vino a comer hace unos
días a mi piso. Mientras troceaba un salmonete dejando al descubierto sus
espinas me contó una extraña historia
que le pasó hace unos días en el metro. Jaume tiene tendencia a que le sucedan
cosas poco corrientes:
“En la estación de Drassanes se sentó frente a mí un
africano que llevaba un enorme fardo atado con cuerdas. Ya sabes, uno de esos
vendedores de top manta del puerto. Impresionaba, nunca había visto a nadie de
piel tan negra, casi púrpura, con tatuajes cicatrizados a ambos lados de la
cara y un curioso collar de huesecillos; sin embargo era él quien me miraba
fijamente. Empecé a ponerme nervioso, no porque me sintiera amenazado, es que
me contemplaba con una especie de temor sagrado, como si hubiera visto a uno de
sus dioses más malignos o qué sé yo.
“Empezó a sudar, se le veía aterrorizado pero seguía sin
apartar sus ojos de mi cara. Estaba a punto de levantarme para cambiar de vagón
cuando me fijé que a sus pies se estaba formando un pequeño lago ¡Se estaba
meando encima, Miquel!”
¡Joeeer! –exclamé.
“Por fin el metro se detuvo –prosiguió Jaume-, hizo unos
extraños signos a un palmo de mis narices, supongo que era una especie de
conjuro, se cargó el fardo a la espalda y salió del vagón a toda prisa como si
le persiguieran todos los demonios africanos”.
Hice una mueca, no por la historia sino porque sentí que una
espina puntiaguda acuchillaba mi boca. No había espina, desde que de niño me
clavé una en el paladar comiendo salmonetes siento un pinchazo imaginario al
comerlos. ¿Reflejos de Pavlov?
-Vaya historia, Jaume. Oye, si no te importa creo que la
pondré en mi blog.
LA COLADA DE MIS VECINOS
Está claro cual es el color preferido de mis vecinos. ¿Serán la Família Addams?