viernes, 16 de abril de 2010

DÍAS DE CHUCHES Y ROSAS


Las fiestas de cumpleaños de mi infancia sí que eran puro desenfreno. Aquellas meriendas a base de chuches, panchitos, ganchitos, fritos, triskis y choco-chuskis eran un delirio tóxico. Y la nueva –por entonces- droga de diseño: los Peta Zetas, pastillas que estallaban en la boca y te destrozaban el paladar. ¿Y lo de ensalivar una barrita de regaliz mentolado y rebozarla en sidral? Mmmm… De vez en cuando la autoridad te reprendía: “¡Niño, que te vas a ensuciar el estómago!” ¿Y cómo iba a estar limpio un órgano lleno de fluidos y jugos gástricos, eh? El botellón estaba asegurado con los refrescos de cola ¿Alguien recuerda la Avidesa-Kola? Ingredientes: jarabe de cola, azúcar… y el resto, una lista de inquietantes nombres como glutamato y gasificante amónico. Imitando una gallina espasmódica cantábamos: “Cuando era pequeña su mamá se fue, y de tristeza llora en un rincón. Co Co gua gua. Co Co gua gua. Co Co Co coguaaaa”. Canciones de borracho tabernario. Yo creo que la tarta era en realidad una solapada prueba de alcoholemia: “¡Sopla, nene, sopla!”. La escasa capacidad pulmonar del nene conseguía que la tarta tuviera un fuerte regusto a cera, un deleite para nuestros castigados estómagos. Además nos pavoneábamos con cigarrillos de chocolate en la boca. Solo nos faltaban los tatuajes para parecer más macarras y los teníamos: calcomanías de las que se pegan con saliva. Había que retirar el papel con mucho cuidado pero siempre se rompía un trozo quedando una abeja Maya que parecía haber sobrevolado Chernobil. Y cuando terminaba el cumple los restos eran los mismos que los de cualquier fiesta rave: botellas vacías por el suelo, comida pisoteada, vomitonas… Lo dicho: puro desmadre. Co Co Co coguaaa!!!!

6 comentarios:

joanbcn dijo...

Mi tierna infancia la pasé en un colegio religioso. El colegio tenia una dependencia de Libreria, que tras una ventanita te atendía un Hermano, quien mediante unos vales te proporcionaba los boligrafos, libretas y demás material que solicitabas y cuyo importe luego era cargado en el recibo mensual a los padres. Dicho religioso, con una gran isión comercial y de markeing, te regalaba una regaliz por cada compra que realizabas. Os podeis imaginar las colas que había para material. Evidentemente se tuvieron que tomar medidas a la larga para que los vales fueran autorizados preciamente por los padres...
De abusos sexuales no hubo en ese colegio, que sepa yo, pero de indigestiones por regaliz...uff

miquel zueras dijo...

¡Vaya visión comercial que tenían los clérigos! Regaliz por un libro, bolsa de chuches por un lapicero... yo creo que fue una confabulación (toma teoría conspiratoria) entre los colegios y los dentistas. Así quedamos nuestra generación: con la dentadura como la del "Cuñaooo" de la tele. Borgo.

joanbcn dijo...

Y cuando mascabamos raiz de "regalessia"? Si, aquellos tronquitos que acababan deshilachados...Pareciamos a Clint Eastwood mascando tabaco.

miquel zueras dijo...

Lo ideal con esos tronquitos era dejarlos macerar durante un mes en una botella con agua. Luego conseguías un "Eau de regaliz vintage" exquisita. ¡La de guarradas qué hacíamos! Borgo.

Gloria dijo...

Yo soy de la época pre-chuches: en mi casa ni para pastelitos nos daban... ya ves, todas las crías de mi clase desayunándose Bonys y yo con mi bocata de pan con tomate.

El trauma que tengo, oiga...

miquel zueras dijo...

La verdad, Gloria, es que a mí me iban las drogas duras: el pastelito Pantera rosa, con una capa de color rosa conseguida a base de glutamatos y colorantes tóxicos. Ah, y el Flag golosina, pero sin pasar por el congelador, todo gelatinoso... No es extraño que luego publique recetas de cocina en mi blog. Borgo.