viernes, 19 de marzo de 2010

SUCUBBUS


He conseguido convertirme en el cronista oficial de la macrogira por Europa de Succubus, el grupo liderado por la cantante Elisa Bathory. No ha sido fácil formar parte de su séquito, durante su gira anterior me convertí en un solícito servidor que les conseguía todo lo que querían a horas imposibles: desde alcohol hasta sustancias ilegales, pasando por las más insólitas comandas.
Viajamos durante el día en una enorme caravana con cristales ahumados. Esta noche actúan en París, la primera etapa. El grupo parece poseído por una vitalidad sobrehumana que les lleva a tocar sin descanso hasta el alba.
Al día siguiente nos alojamos en un hotel de Glasgow. Poco antes del concierto nos reunimos en la habitación de Elisa que se pasa horas golpeando los bongos dejándose guiar por una salmodia obsesiva mientras apura un gran vaso de jugo de tomate. Mañana nos espera Berlín.
En su actuación de Berlín el grupo consigue un éxito apoteósico a pesar de que mucha gente no sale de sus casas. Los periódicos hablan de un misterioso asesino que desangra a sus víctimas. En sórdidos callejones han aparecido cadáveres blancos como el mármol. Durante una tarde lluviosa, mientras los músicos duermen en sus habitaciones, cotejo en el ordenador las reseñas de la prensa sobre la gira y las páginas de sucesos. Hay un rosario de muertes entre París y Berlín. Cadáveres que aparecen al alba, cuando la caravana de los Succubus enfila la ruta hacia la siguiente ciudad.
La última actuación ha sido en Praga. Cenamos copiosamente y me siento mareado por el vino cuando subo a la caravana. El africano Zel, uno de los músicos, toca un extraño instrumento aborigen. Elisa aporrea sus bongos ahora cantando en un incomprensible idioma gutural. El vehículo se está llenando de humo y todo tiene un extraño aspecto delicioso y letal. Seguimos avanzando por una carretera envuelta en niebla hasta que Elisa dice: “Hay una avería, tenemos que bajar”. Comprendo. Camino hacia la oscuridad dispuesto para el sacrificio. Mientras me rodean intento calcular cuantas horas de gloriosa música producirán los litros de sangre que alberga mi bien alimentado cuerpo. Lo último que veo es la boca golosa de Elisa y la lengua que recorre sus rojos y gruesos labios. El resto de los músicos aguardan su turno.

2 comentarios:

Wolfville dijo...

¡Como mola! Me ha recordado un relato que salía en una recopilación tirando a lamentable con varios relatos vampíricos. En aquel cuento, el grupo se llamaba "Vlad y las Empaladoras". Pero, siendo totalmente sinceros, este mola mucho más.

Saludos.

miquel zueras dijo...

Me alegra mucho que le haya gustado, Wolfville. Pronto escribiré algún otro. eso sí: reconozco que Vlad y las Empaladoras es un nombre guapísimo para un grupo. Borgo.