Ayer intenté suicidarme pero no tuve éxito, de no ser así no
lo estaría contando.
Estoy ingresado en urgencias y hoy han venido a visitarme
dos amigos, Geno y Vera. Ésta última me ha contado de nuevo sus repetidos intentos de quedarse embarazada.
-Después de inseminarme nos vamos al parque de atracciones y
nos montamos en el Dragon Khan horas y horas.
-No veo la relación –le comento.
-Creemos que la fuerza centrífuga de la montaña rusa puede
propulsar los espermatozoides hacia el lugar adecuado –me aclara Vera.
-¿Porqué estás aquí? –pregunta con voz femenina.
-Coma etílico.
-Ah, eso ya lo probé –asegura la mujer-. ¿Vodka? ¿Whisky?
¿Cuántos litros?
-Cerveza. Un botellín.
La mujer ríe. Entre las vendas solo se ven sus ojos verdes,
como dos esmeraldas en un estuche blanco. Vuelve sus ojos hacia mí y dice:
-Voy así de empaquetada porque intenté suicidarme. Me tiré
desde la cúpula del monumento a Colón y aterricé sobre un grupo de turistas
japoneses. Claro, son mucha gente en un país pequeño y les gusta sentirse
agrupados. Amortiguaron la caída y tengo rotos casi todos los huesos. ..
Entonces la mujer me comenta que ha visto en internet el
anuncio de un club para suicidas donde imparten clases de suicidio. Me dicta la
dirección y en ese momento aparece un médico que anuncia que puedo abandonar el
hospital con el mismo tono de un mecánico que te informa de que tu coche está
arreglado.
Llamo al día siguiente y una voz cantarina me informa:
-¡Aquí el Club de los Suicidas! Suicidios fáciles y rápidos.
Clases todos los lunes y miércoles a las siete por la profesora Cruella
Arsénica. Le digo la dirección…
“Qué raro que el club tenga un nombre tan… mercantil” –pienso.
Recorro un largo pasillo guiándome por los letreros hasta que descubro una enorme puerta y encima “Suicidios S.A.” en un rótulo luminoso. Al otro lado aparece la tienda de la asociación, como en algunos museos y locales turísticos lo primero que se ve al entrar es la tienda de regalos. Es una sala iluminada con grandes ventanales que ofrece libros sobre suicidio, armas, venenos, amanitas faloides secas… y lo necesario para una grata muerte: vinos, manjares selectos y música. No podía faltar “Glommy Sunday” (*). En las paredes cuelgan posters a la venta de suicidas célebres: Hemingway, Virginia Wolf, Robin Williams, Kurt Cobain…
“Vaya negocio tienen aquí montado” –me digo decepcionado por
todo este grosero merchandising que destruye la parte romántica del suicidio. ¿Qué
pinta aquí el joven Werther y su suicidio por amor? ¿O Mishima, despidiéndose con
el seppuku, al más puro estilo samurái?
Decido que ya no quiero morir, abandono el edificio y me
precipito hacia el primer bar que encuentro.
-Un botellín de cerveza –pido en la barra-. Sin alcohol, por
favor.
Ahora tengo que cuidarme.
(*) GLOOMY SUNDAY. La canción de los suicidas.
Gloomy Sunday, conocida popularmente como “La canción
húngara del suicidio,” es posiblemente la primera leyenda urbana de la
historia. Fue compuesta en 1933 por Rezso Seress y pasó bastante desapercibida
hasta que en 1936 las autoridades húngaras decidieron prohibirla al ser
relacionada con no menos de 17 muertes voluntarias. Se basaron en que habían
encontrado referencias a la canción en las notas de los suicidas; algunos
tenían además el disco de Gloomy Sunday (Domingo Triste) puesto en el gramófono
en el lugar de los hechos. Esto proporcionó una gran publicidad a la canción
que se vendió con gran éxito en Estados Unidos con el sobrenombre de “The
Hungarian Suicide Song” aumentando a cien el número de suicidios relacionados
con la canción. Hay varias versiones con cantantes tan dispares como Björk,
Elvis Costello o Sinéad O´Connor pero sin duda la mejor es la de Billie Holiday.
Es una bonita canción aunque bastante melancólica, eso sí. Por cierto que años
más tarde, afligido por no poder componer una canción con un éxito similar, el
autor Rezso Seress decidió poner fin a su vida saltando por la ventana. A eso
yo le llamo ser consecuente.
