viernes, 5 de junio de 2020

SEXO SIAMÉS


Cástor y Pólux –sus nombres artísticos-, eran dos hermanos siameses unidos de cintura para abajo. A partir de aquí eran idénticos y compartían muchas cosas aunque había una notable diferencia entre ambos: cuando estaban de gira Cástor dormía como un lirón, mientras que a Pólux le costaba mucho conciliar el sueño.
En el cuarto de un anónimo hotel Cástor roncaba despreocupadamente mientras Pólux tenía los ojos fijos en el alba color merluza que se acercaba tímidamente a la habitación. El pálido sol que asomaba entre los edificios era un somnífero amarillo pero Pólux seguía sin poder dormir. De repente tuvo una idea: ¿Y si me masturbo? Mamá puño y sus cinco hijas le ayudaban a relajarse en esos momentos insomnes.
Pólux empezó a maniobrar con infinita cautela, no quería despertar a su hermano. Su mano se movía ritmicamente, arriba y abajo. Bien, aquello parecía funcionar. Tenía visiones de tibias almohadas revoloteando sobre su cabeza y sobre cada una de ellas voluptuosas mujeres le dedicaban una lasciva sonrisa. Empezó a agitarse como un bote en medio de una marejada pero se detuvo al ver que su hermano se había despertado. Cástor le miró con ojos cargados de sueño y reproche:
-Esta noche no, Pólux. Estoy muy cansado y me duele la cabeza.
FIN
MELMOTH.: EMPRESA DE DEMOLICIÓN

El ser humano ha llegado a su final. El mundo está siendo desmontado pieza a pieza. Enormes máquinas desmontan todo aquello que ha sido construido a lo largo de la civilización. Estoy en un inmenso terreno donde una vez hubo una ciudad. Solo queda por desmontar el último edificio. Todos sus habitantes siguen estando aquí y sus vidas han dependido de lo que ahora ya no tienen, incluyendo el trabajo que les daban de comer: ayudar a desmontar el mundo. Somos miles, millones, los que nos empujamos y agredimos para trabajar en el último desguace. De repente, me doy cuenta de que todo esto es un absurdo inconmensurable. No hay para todos, y encima nos estamos matando inútilmente para trabajar solo un par de días más y luego todo se habrá acabado para siempre. Grandes máquinas desmontan el último edificio y miles y miles de personas luchan para trabajar en esa demolición y poder cobrar los últimos billetes que no les servirán para nada. ¿Es que nadie piensa? Me pregunto. Pero también estoy aquí intentando conseguir que me den este último y efímero trabajo. Luego, todo habrá terminado y todos los seres humanos nos encontraremos en un espacio infinito completamente vació. No me explico a dónde se han llevado todo lo desmontado; desde las pirámides de Egipto hasta la última barraca de feria.
FIN
EL ÚLTIMO DESCUBRIMIENTO DEL PROFESOR SIBELIUS
RECETA: POLLO A LA CARBONADA (Con cerveza negra)
Foto: Silvina. Dorar los trozos de pollo en aceite caliente. Retirar las piezas y dejarlas sobre un papel de cocina. En la misma sartén o cazuela sofreír cebolla cortada pequeña. Cuando esté dorada ponerla en un cuenco de batidora con 1 botellín de cerveza negra (yo uso Guinness o Bock Damm) y triturar.
Volver a poner el pollo en la sartén y añadir la mezcla de cebolla y cerveza. Tapar el recipiente y cocer con el fuego bajo durante 20 m.
Recomiendo antes de servir gratinar el pollo un par de minutos en el horno, así queda crujiente y acaramelizado.

martes, 26 de mayo de 2020

OTRA ENTRADA POTI-POTI (Co un poco de todo)

Empiezo con un relato de Mudit, buena escritora y profesora de danza:
EL SURTIDOR

Ninguna barra de bar resistía los asaltos nocturnos de Miquel.  Ningún tirador de cerveza conseguía saciarlo por más horas y tiempo que dedicara. Hartos de tener un amigo insaciable, sus compañeros de barra decidieron regalarle un tirador de donde brotaba una infinita fuente de cerveza. Ese surtidor tenía por nombre el Trago Absoluto, y acertaron. Ahora  Miquel tiene cerveza para dar y vender. Lo difícil es separarlo de allí. Lo encontraréis noche y día, acariciando el tirador, lamiendo y sorbiendo del caño. Por suerte esa boca generosa está acostumbrada a levantar pasiones, y lo lleva con una dignidad admirable.
FIN
EL PROFESOR SIBELIUS TIENE UNA PREGUNTA PARA USTEDES:
MELMOTH: ESPEJOS

 ¿Me reconozco en el espejo del cuarto de baño? Desde que nací hasta ahora me habré cambiado de domicilio por lo menos cincuenta veces ¡y las que me quedan hasta acabar dentro de un cajero automático! Pues bien, siempre que me encontraba en un nuevo piso y me miraba al espejo del lavabo, el tipo del reflejo no era yo. No es que se pareciera algo a mí, no; es que no tenía nada que ver conmigo físicamente. Como podrán comprender el susto es tremendo. ¿Quién es ese tío que está detrás del espejo? Siempre pensé que se trataba del antiguo inquilino o propietario ya muerto, pero luego deseché la idea porque sería demasiada casualidad que a cada piso que iba, el anterior inquilino estuviera muerto. En fin, que al final aceptaba el rostro del otro porque no me quedaba otra. Sus movimientos eran los míos, o puede que, al revés, ya no lo sé, hasta que al final mi rostro se convertía en el del tipo del espejo. Con esto quiero decirte que si llevo más de cincuenta cambios es imposible recordar cuál era mi aspecto físico original. El careto, por el cual usted ahora me reconoce, es el que encontré en el espejo del baño del piso donde vivo ahora. Ahora soy un poco más guapo, pero he tenido rostros que se le pondría a usted la piel de gallina. Mi novia me dice compungida que cuando tenga que irme de este piso le dará pena dejar de ver el rostro por el cual se enamoró de mí, y no quiere ni oír hablar del rostro que me deparará en el próximo piso.
FIN
RECETA: GAMBAS CON GABARDINA
La respuesta de nuestros bares a las gambas en tempura:
NECESITAREMOS: 1 kilo de gambas, 250 gr. de harina de trigo. 1 botellín de cerveza, 1 huevo.
Pelamos las gambas y quitamos la cabeza pero no la cola, que nos servirá para sujetar las gambas mientras las rebozamos.
En un bol poner la harina, el huevo y una pizca de sal. Embadurnamos las gambas en esta mezcla sin dejar que se moje la cola.
Freímos las gambas en abundante aceite, caliente pero no demasiado para no quemar la masa.
Poner a escurrir las gambas en un plato sobre papel de cocina, esperar 15 minutos ¡y a comer!


jueves, 14 de mayo de 2020

EL VIRUS POE. Y más cosas...


 De repente, se hizo el silencio en el autobús turístico. La gente, en sus asientos, hacían ademanes y movían los labios, pero sin emitir palabras. Súbitamente, sobrevino el eclipse.
Ese fue el primer caso que se produjo en la ciudad. El autobús quedó precintado en medio de la avenida y se declaró la cuarentena. El ejército envió soldados equipados con mascarillas y metralletas. Montaban guardia alrededor del autobús para que no escapara ninguno de sus ocupantes.
Fue entonces cuando me llamaron. Los soldados levantaron la barrera –como solían hacer a diario para entregar agua y alimentos a los pasajeros- y subí al autobús.
Los vivos permanecían en el primer piso. Los muertos eran depositados en el segundo. Vivos: 37. Muertos: 19. Nada más verme, preguntaron con avidez:
-¿Es usted médico?
-No, soy escritor –el descontentó tiñó sus miradas-. Acabo de llegar de Roma donde la epidemia ha causado estragos y creo que puedo ayudarles.
 En aquel momento, una joven se desplomó.
¡Vamos! –ordenó un guía turístico- les toca a ustedes dos. ¡Súbanla al segundo piso!
-¡Un momento! –intervine- Déjenme ver a la víctima.
Cuando acabé el examen dije:
-Esta joven no está todavía muerta. ¿No se han fijado que los cadáveres no huelen? Esa epidemia provoca una muerte aparente. La causa es un virus… literario –los viajeros me miraron estupefactos-. “Enfermedad de Poe”. Sus síntomas son un miedo inconsciente a ser enterrado vivo. Los brotes de la epidemia se producen en lugares cerrados, donde la claustrofobia se agudiza, como en este autobús. En todos ustedes está el germen.
Todos reconocieron haber sentido esa clase de miedo. Continué:
-Yo he leído muchos cuentos de Poe, en especial  “Entierro prematuro”, y eso produjo anticuerpos que me ayudaron a sobrevivir en Roma. Hay que vacunarlos a todos. Encargaré ejemplares de ese cuento de Poe, deberán leerlo y concentrarse mucho. Luego conduciré este autobús lejos de la ciudad, para buscar espacio y aire puro.
-¡Aire puro! ¡Salir! –gritaron todos con entusiasmo.
 Los soldados levantaron la barrera y dejaron los libros dentro del autobús. Los viajeros se abalanzaron sobre ellos y leyeron el cuento con avidez, muchos en voz alta. Entré en la cabina del conductor y arranqué, el autobús recorrió las calles solitarias y la ciudad quedó atrás.
Tengo la impresión de que el autobús se ha detenido, pero es evidente que sigue avanzando. Se desliza silencioso por un camino descendiente de montaña. Veo a los viajeros: conservan las páginas en la mano y sus labios se mueven, es la última visión que tengo.
Golpes sordos, reconozco ese ruido, son las últimas paletadas de tierra que caen sobre mi ataúd.
Quizá no tendría que haber confiado en mi memoria y haber leído otra vez  El entierro prematuro. Para curarme en salud... nunca se sabe con esos virus, son muy cabroncetes.
FIN
MARC RIBOT: UNA HISTORIA LITERAL
El profesor Sibelius está trabajando en un caso importante, pero por suerte Melmoth nos regala unos microrrelatos con Perdido, Sombra y Extraño:
Un Extraño envejecido contemplaba cómo las cosas por las que había perdido su vida se volvían a reciclar para las nuevas generaciones de Sombras, Extraños y Perdidos.

En una estación de ferrocarril abandonada se dio el encuentro fortuito entre un Extraño y un Perdido.

-Quizá no vuelva nunca – dijo el Perdido que nunca estuvo allí.
-Pues yo acabo de llegar – respondió el Extraño que nunca se fue.

- ¡Volvamos al lugar de partida! – le dijo un Desconocido a una Sombra.
Y continuaron.

Un Perdido se encontró así mismo en el momento más inoportuno.
***
LA RECETA: CODILLO AL HORNO CON CIRUELAS. Foto: Silvina.
Dorar el codillo y en el mismo aceite freír cebollas y zanahorias bien picadas.
Poner el codillo en el horno a 180º y rociarlo con vino blanco. Dejar cocer 15m.
Escaldar unas ciruelas en coñac y añadirlas al codillo. Regar con el jugo.
En el cuenco de la batidora triturar las cebollas y la zanahoria junto con el coñac de las ciruelas. Añadir la salsa al codillo y dejar cocer todo junto unos 15 minutos más.
Recomiendo servirlo con una ensalada verde.

jueves, 7 de mayo de 2020

LA VOZ DE CHRISTOPHER LEE

Mi prueba de doblaje poniendo voz a Mat Damon. Desde ese día en el estudio me llaman el NOMEJODAS.



LA VOZ DE CHRISTOPHER LEE
El bar de los Estudios Romero se encontraba repleto de dobladores y técnicos que desayunaban entre takes. Si uno cerraba los ojos y escuchaba, tenía la sensación de ser el extra de una película en una escena  repleta de actores famosos.
Sara, una escritora, había conseguido el permiso del director de los estudios para asistir a unas grabaciones que le servirían para documentarse con una novela en la que el protagonista era un actor de doblaje. En ese momento compartía mesa con Roger Pera y Alba Solá,, las voces de Leonardo di Caprio y Julianne Moore respectivamente.
-Hola, Roger, Alba… ¿Qué tal estáis?
Era una voz profunda, gutural. Sara se volvió para ver a un hombre de unos cuarenta años, alto y delgado vestido enteramente de negro.  Su cabello oscuro enmarcaba un rostro pálido y altivo y labios de un rojo intenso.
-Ah, hola, Radu –saludó Roger-. ¿Cómo te va?
-Oh, bien… Estoy haciendo un anuncio. Bueno, he de irme, me esperan en el locutorio.
Sara intentaba recordar qué rostro ponerle a esa voz grave, de vocales nítidas y consonantes rotundas. Alba se lo aclaró:
-Es Radu, un doblador excelente. Muy bueno sincronizando, nunca había que repetir un take. Era la voz de Christopher Lee cuando la televisión compró un lote de viejas películas de la Hammer.
-Pero ahora nadie quiere trabajar con él –apuntó Roger.
-¿Y eso porque? –preguntó Sara.
-No lo sé muy bien. Se volvió extraño… de eso sabrá algo Rubén, el técnico de sonido, trabajó muchas veces con él.
La conversación se interrumpió. El locutorio estaba preparado y había que seguir grabando.
 Después del trabajo en el estudio Sara solía ir a un bar cercano para revisar sus notas. Sentada en una mesa apartada oyó una voz a su espalda:
-Hola. Nos hemos visto antes en el bar del estudio.
Era la misma voz cordial del conde Drácula que recibía a Jonathan Harker invitándole a entrar en su castillo.
Sara le saludó sonriente y le invitó a sentarse. Radu le atraía, pues era del tipo guapo-grotesco que le gustaba, como Willem Dafoe. La pálida cara de Radu reflejaba los colores del local y se veía ligeramente fosforescente.
No hubo ningún insulso intercambio de frases habitual en estos casos. La conversación fluía animadamente. Sara, a cada momento más fascinada, entrecerraba los ojos  imaginando que  tomaba una copa con el mismísimo Christopher – Drácula –Lee.  Radu acercó su rostro al de ella cubriendo su mano con la boca, como si quisiera disimular un problema de aliento.
-Sara, es tarde. Tengo el coche muy cerca. Si quieres, te llevo a casa.
Radu había aparcado en una calle oscura y desierta. El interior del coche le pareció a Sara sorprendentemente gélido.  Miró a Radu. Ahora sus ojos eran un abismo oscuro y pudo ver los colmillos que asomaban por su cálida boca curvada en una roja invitación.
 Sara sintió una fétida y cálida oleada. Los labios de la chica eludieron los de Radu, su corazón se aceleró dominando todo aquel horror y un segundo más tarde corría calle abajo a toda velocidad.
-¡Lo siento, Sara! – gritó Radu desde la ventanilla-. He ido demasiado rápido… ¡Vuelve!
La luz de un fanal devolvió a Sara a la realidad como un ardiente rayo luminoso. Se encontraba en una concurrida avenida. Paró un taxi que la dejó en casa.
 Al día siguiente Sara bajó más tarde de lo habitual a la cafetería donde solía desayunar. Marcó en el móvil el número de los Estudios Romero y preguntó por Rubén, el técnico. Aguardó mirando las noticias del televisor mientras hervía en su cabeza un huracán de pensamientos.
-¿Rubén? Mira, me han hablado de ese Radu y, bueno… me ha parecido que podría ser una historia interesante para mi libro. ¿Sabes porque nadie ahora quiere trabajar con él?
-Halitosis –dijo Rubén.
-¿Cómo…?
-Ya sabes, mal aliento. Tan horrible que nadie soportaba estar a su lado en el atril, por eso sólo hace anuncios y documentales en los que únicamente habla él.
-Gracias, Rubén –respondió Sara con mucha más calma.
Sara meneó la cabeza. “Pobre Radu, su problema era el mal aliento… Me he dejado llevar por la imaginación.”
La locutora de noticias anunció:
“Extraño crimen en el barcelonés barrio de Gràcia. Ayer por la noche se encontró el cadáver desangrado de Rosa Picó. Presentaba unas extrañas heridas en la yugular. Se cree que pudo haber sido atacada por una fiera salvaje pero el Zoo de Barcelona no ha informado de la desaparición de ningún ...”
Sara miraba como hipnotizada al vacío, pálida y completamente inmóvil.
-¡Eh, Sara! –le dijo un camarero al ver su expresión desencajada-. ¿Te ocurre algo?
En el rostro de Sara apareció un trémulo deseo de hablar. Balbuceó:
-Chris… ¡Christopher Lee!
FIN
PORTADA PARA EL NUEVO LIBRO DE ETHAN
Me ha hecho mucha ilusión que Ethan, del estupendo blog El blog de Ethan, me pidiera que ilustrara la portada de su próxima novela El leve brillo de tus labios que aparecerá en mayo. Además, ha tenido la gentileza de regalarme un lote de sus libros. Buena lectura para hacer más agradable el confinamiento. ¡Gracias, Ethan!
EL PROFESOR SIBELIUS TE ENSEÑA COSAS BONITAS
MELMOTH: "OTRA VIDA"

Se trataba de uno de esos matrimonios que se han pasado la vida juntos, que se han querido, soportado…  y ahora, por alguna razón, o solo por culpa del tiempo, han vuelto a quererse. Formaban una de esas parejas que durante años han discutido porque él no es delicado y, en cambio, ella tiene sensibilidad y, si hubiese tenido ocasión y medios, hubiera llevado otra vida; esas parejas en las que él - de aspecto tosco - siempre parece moverse incómodo dentro de la ropa que viste, porque la ropa la elige ella, y la elige para otro: para sus sueños.
FIN
LA RECETA: POLLO AL AJILLO. Foto: Silvina
¿A que se ve doradito y apetitoso? y es tan fácil de hacer...
Dorar los trozos de pollo en aceite bien caliente junto con los dientes de una cabeza entera de ajos.
Retirar el pollo y en el mismo aceite sofreír unas rodajas de patata.
Salpimentar el pollo y añadir a las patatas cuando estén doradas con alguna hierba -laurel o tomillo- y 1 vaso de vino blanco.
Tapar el recipiente y terminar de cocer a fuego lento 20m.

jueves, 30 de abril de 2020

BORGO CUMPLE ONCE AÑOS



Muchísimas gracias a todas y todos por dar vida a este blog con vuestros comentarios siempre tan interesantes de leer. Gracias por opinar, comentar o simplemente echar un vistazo por aquí. Lo que empezó como una ventana donde mostrar mis ilustraciones –esa era la idea- también me ha ayudado para compartir con más gente mis anécdotas, relatos, curiosidades y frikadas varias. Para esto y aún más cosas. Un abrazo desde mi querida Transilvania que es su casa.
He decidido hacer una entrada típica borgiana (de Borgo) con dibujos, receta, un poco de esto y lo otro…
SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN
Entre las sábanas Julia mira fijamente a Bepo, su amante, y le dice:
-Tus ojos son como dos auroras boreales.
A Bepo le cuesta contener la risa al oír semejante cursilada pero piensa que podría funcionar con Julieta, su esposa.
Entre las sábanas Bepo mira fijamente a Julieta y le dice: "Tus ojos son como dos auroras boreales". Julieta queda desconcertada y se pregunta qué efecto causaría eso en Zepo, su amante.
 Entre las sábanas Julieta mira fijamente a Zepo y le dice: "Tus ojos son como dos auroras boreales". A Zepo esa frase le deja indiferente pero decide usarla con Julia, su esposa, últimamente se queja de que ya no le susurra palabras dulces en la cama.
Entre las sábanas Zepo mira fijamente a Julia y le dice: "Tus ojos son como dos auroras boreales". Julia se pone furiosa.
-¡Cabrón! -arroja un despertador hacia Zepo que éste esquiva con una finta-. ¡Eso es que has estado con otra!
-¡De acuerdo! -admite Zepo-. Pero si tú también sabías esa chorrada de las auroras es porque también has estado con otro.
Julia, confusa, comprende que se ha delatado a si misma y balbucea lo primero que se le pasa por la cabeza:
-No es cierto. Uh... ¡Lo pillé en los lavabos de un bar!!!
FIN
 PROFESOR SIBELIUS
Melmoth y un relato sobre saltos en el tiempo al estilo Cortázar.
TODA UNA VIDA
 Ya es hora de ir al cole, hay que ir a trabajar. El profesor un tanto déspota lo mira con recelo, es el encargado que siempre anda vigilándole. Suena la campana y sale precipitadamente de clase y hace cola para fichar en el reloj de la fábrica. Todos están eufóricos por salir de allí. Luego no quiere volver a casa todavía. Juega en el parque y libera todas las tensiones y cuando llega un pelín tarde su mujer le increpa porque huele a cerveza. Cae enfermo y se queda en la cama con el termómetro en la boca. Su madre le pone su suave mano en la frente y el médico dice que es la edad, ya tiene ochenta años. Intenta escapar de casa porque no aguanta a sus padres, a la familia que ha creado sin darse cuenta. Corre. Quiere huir de todo; de las primeras experiencias infantiles, las frustraciones de la juventud, los desengaños de la madurez, la ruina final de las ilusiones. Corre el niño y allí lo encontraron a la mañana siguiente. Murió de infarto. Debió subir corriendo por el sendero serpenteante como un muchacho. 
FIN
LA RECETA
¡Nooo, es broma!!! No es una receta de rata al ajillo, sólo quería mostrar mi portada de ¿Qué fue de Baby Jane? con la famosa escena del roedor servido en bandeja.
ENDIVIAS AL ROQUEFORT. Foto: Silvina
Calentar mantequilla en una sartén, cuando esté fundida -¡sin que llegue a hervir!- añadir queso roquefort y desmenuzarlo con una cuchara de madera.
Verter 1 brick (200 ml) de crema de leche y remover hasta que el roquefort se haya deshecho y mezclado con la crema.
Disponer las hojas de endivia sobre un plato y echar la salsa roquefort por encima. Queda muy bien con unas nueces picadas.






miércoles, 22 de abril de 2020

¿SÍ O NO?


-¿Sí o no?
Udo –que aguardaba el autobús que lo llevaría a su casa- estudió brevemente con la mirada a la persona que acababa de hacerle esta pregunta. Aspecto agradable, ni muy joven ni muy mayor, lo único que desentonaba era su chaqueta marrón demasiado holgada, como si no fuera suya.
-¿Sí o no? –repitió el desconocido.
-¿Pero sí o no, qué? – Udo empezaba a inquietarse.
-Sólo diga sí o no –dijo sin severidad pero de manera inapelable.
-Pues, eeer… No.
El desconocido se encogió de hombros y mostró las palmas de las manos.
-¿No quiere mil euros? Bien, como desee, caballero.
El desconocido se dirigió entonces hacia una anciana de aspecto afable que llevaba un carrito de la compra. Estaban demasiado lejos para que Udo pudiera oírles pero vio que la señora asentía con la cabeza, entonces el desconocido introdujo una mano en el bolsillo interior de su chaqueta y le entregó un fajo de billetes; en ese instante llegó el autobús.
 Udo agradecía dejar atrás aquella tarde desconcertante y lluviosa cuando llegó a su casa. Allí se sentía seguro, como rodeado de un líquido ambarino que lo protegía y a la vez lo dejaba visible como fruta en gelatina. Al entrar percibió un agradable olor a pollo al horno que llegaba desde la cocina. Eva, su esposa, estaba en el recibidor y parecía ansiosa por comunicarle algo importante  pero Udo fue el primero en hablar:
-Me ha sucedido algo de lo más curioso –dijo mientras colgaba su chaqueta en el perchero-: estaba esperando el autob…
-¿Sí o no? –le interrumpió Eva.
-¿Sí o no, qué?
-Tú di sí o no.
-Sí.
-¡Pues toma! –dijo Eva y le descargó un puñetazo en la mandíbula.
Udo quedó recostado de espaldas sobre la pared y se dejó deslizar hasta que quedó sentado en el suelo formando un ángulo de 45 grados. Aún aturdido por el golpe murmuró:
-Decididamente, hoy no es mi día.
FIN
EL PROFESOR SIBELIUS SIEMPRE TAN AGUDO.
MELMOTH: CUANDO FUI ABDUCIDO
¿Nunca os he contado que una vez fui abducido? ¿No? Vaya. Si queréis que os lo cuente me tenéis que pagar una copa. Vale.

- ¡Camarero! ¡Otra cerveza!
Estaba completamente borracho en un tugurio de mierda. Perdí la noción del tiempo y cuando desperté me encontraba tumbado en una cama metálica rodeado de mucha luz blanca cegadora. Había unos tipos muy delgados con la cabeza muy gorda. Al principio pensé que llevaban cascos, allí, difuminados por la niebla de luz, pero luego comprobé que se trataba de sus cabezotas originales. Sus ojos eran como los de un gato terrestre pero mucho más grandes. Tenían orejas de trompetilla. Dos diminutos agujeritos por nariz y unas boquitas igualitas a un ojete humano. Os lo digo de verdad. De repente solté una retahíla de estupideces como: ¿Dónde estoy? ¿Qué quieren de mí? Que tenía derecho a realizar una llamada telefónica...
 Luego empecé a llorar. Reconocí que todavía no había hecho la declaración de la renta y que tenía algunas multas por pagar. Que le había sido infiel a mi esposa un montón de veces y que también me había acostado con su hermana. Que a veces había encerrado con llave a mi hijo en el armario como castigo y me olvidada de él hasta que no pasaban unas semanas. Entonces oí dentro de mi cabeza una voz cavernosa, como la de Vicent Price en el videoclip de Thriller de Michael Jackson que me decía: “Gilipollas. Tu especie es estúpida, insoportable, prepotente, primitiva y esquizoide. Queríamos ayudaros a salir de la mierda donde estáis metidos hasta los dientes y hemos cogido a uno al azar para saber si vale la pena. Y tú, como representante de la especie, nos parece que eres un zurullo pinchado en un palo, la raza humana merece la suerte que corre. Como castigo, conservarás la memoria de este momento y serás devuelto a ese mugriento bar para que lo cuentes y te tomen, todavía más, por el imbécil  borrachuzo  que eres.”
Y ya veis. Vuelvo a estar acodado a la barra de este bar que me acoge cada día como el ser que soy; un tipo guapo e inteligente que ahora bebe gracias a las invitaciones de algunos que les hago gracia cuando les cuento mi historia sobre mi abducción. ¡Coño! ¡Se me ha vuelto a olvidar que mi hijo está encerrado en el armario!
FIN
LA RECETA: POLLO A LA PEPITORIA
En mi entrada del pasado 6 de abril mencioné a mi abuela andaluza que me preparaba un plato al que yo llamaba "pollo nevado" por la yema de huevo duro rallada que lo decoraba. Era este pollo a la pepitoria:
 Sofreír los cuartos de pollo en aceite mientras cocemos un par de huevos duros.
Retirar el pollo, sazonar con sal y pimienta y tostar unas almendras en el mismo aceite.
Volver a cocer el pollo y añadir 1 vaso de vino blanco, 1 hoja de laurel y las yemas de los huevos. Remover para ligar la salsa.
Cocer con la cazuela o sartén tapada a fuego mínimo 30m. Servir con la clara de huevo rallada por encima. Queda así de bonito. Foto: Silvina.
Y ya que se ha hablado de huevos duros, una pregunta cinéfila: ¿Título de la película?





miércoles, 15 de abril de 2020

EL MARINO BORRACHO. Relato y más cosas.

Tenía una cita con una mujer, hasta ahí todo normal, ella era la esposa de un marino que llevaba mucho tiempo embarcado pescando atunes en Terranova.
 Un piso bonito. Todo decorado en azul y verde. Me senté en el salón y la oía canturrear desde la cocina mientras preparaba las bebidas. El salvapantallas de su enorme televisor mostraba una foto de su marido en la cubierta de un barco con sus compañeros; eso me intimidó un poco. Todos de frente, parecían mirarme fijamente.
Ella regresó, nos besamos, empecé a desabrocharle la blusa y ella gemía, yo también gemí. Miré de reojo el televisor y me pareció que su marido me echaba una mirada hostil. “Tranquilo, es una foto, te lo estás imaginando”- me dije. Entonces ocurrió.
De pronto centelleó la pantalla de plasma y se vio un naufragio.  Una imagen de una naturalidad perfecta, con un oleaje furioso, un barco desarbolado, con sus marineros corriendo de un lado a otro… No se distinguían los pequeños rostros de los marineros que chocaban entre ellos al correr. La tempestad era terrible e iluminaba la escena con flashes de bombilla que tiene los hilos rotos.
 Ella, como si sintiese en el pecho el frío del mar, se abrochó y yo me  puse en pie.
-¡Vete! –me gritó ella.
Yo continuaba quieto sobre la cubierta de mi vida, sin concebir que no era una película lo que veía, sino lo que estaba pasando en el mar en aquellos momentos.
-¡Vete! –insistió ella-. Si no, morirán todos –gritaba salvando el barco como si fuera su patrona.
La tempestad cedió un poco, pero aún tenía encrespamientos de oleaje, chisporroteando los rayos al caer en el mar como tenacillas ardientes que se meten en el agua.
Antes de salir, me volví un instante para ver que el barco por fin se afianzaba bien sobre las olas y los rayos se convertían en bengalas.
Me dirigí a las tabernas del puerto y acabé siendo el marino borracho de aquella noche. 
FIN
EL AGUDO PROFESOR SIBELIUS
MELMOTH: EL RELOJ DE LA ESTACIÓN
El gran reloj de la estación de ferrocarril estuvo detenido más de veinte años. Esa esfera de hierro forjado que pende de unas gruesas cadenas de la época victoriana tuvo las manecillas detenidas a las diez y veinte. Algunos creían que se detuvo por la mañana, y otros, por la noche. ¿Porqué estuvo tantos años detenido el reloj de la estación? A decir verdad, a nadie le importaba demasiado su avería. Es más nos acostumbramos a mirar el reloj aún a sabiendas de que no funcionaba. ¿Por qué? Tengo la ligera sospecha que era para consolarnos de que allí el tiempo no existía. Cuando arreglaron la estación pusieron en marcha el reloj y creo que una ola de tristeza asoló la provincia. He notado que todo el mundo, tanto si entra como si sale de la estación, ya no mira el reloj por el simple hecho de que todo está en un absurdo movimiento.
FIN
LA RECETA: TIRAMISÚ FÁCIL
Gra, del estupendo blog Música x Favor, me preguntó si también publicaba recetas de postres. Ahí va una:
 Ingredientes: 1 vaso de azúcar, 20 bizcochitos (tipo soletilla) 100 gr. de cacao en polvo, 1 taza grande de café solo frío, 4 huevos, 1 chorro de Cointreau, 1/2 litro de nata líquida, 500 gr. de queso mascarpone.
Echar una parte del azúcar en la nata líquida. Cascar los huevos y separar las claras de las yemas. Montar las claras en un bol hasta que se vean espumosas (a punto de nieve)  y mezclar las yemas con el resto del azúcar y el mascarpona.
Añadir la nata y las claras de huevo y remover bien.
Calentar el café y disolver en él el caco en polvo y un chorrito de Cointreau.
Mojar ligeramente -sin empaparlos- los bizcochos con la mitad de la mezcla de huevo, mascarpone y nata. Luego añadir una nueva capa de bizcochos remojados por encima. Echar el resto de la mezcla sobre esta capa y espolvorear con cacao en polvo.
Guardar este postre al menos un par de horas en la nevera.