lunes, 14 de junio de 2021

EL BAR INFINITO. Y más cosas

 

Relato compartido con El bar del infierno, de Alejandro Dolina.

 La taberna del Enano Saltarín es un local muy especial. Un bar con un rótulo en el que aparece un enano con un gorrito de mono de organillero y el ajedrezado vestido de polichinela.

El bar es ilimitado. Imposible alcanzar sus confines. Salones, mostradores y pasillos se suceden de un modo interminable y caprichoso.

Nadie ha sabido nunca dónde está la puerta del bar. La mayoría opinan que no hay forma de salir de él; aunque muchos parroquianos buscan la salida. Eligen una dirección y avanzan buscando la puerta de salida pero casi nadie vuelve a verlos. Algunos regresan tiempo después, siempre por el lado contrario que eligieron para irse.

Se cree que no se puede salir del bar porque no hay otra cosa que el bar. El exterior no existe. El camarero, los músicos, los borrachos y las prostitutas están aquí desde el comienzo de los tiempos y aquí permanecerán.

 Pero hoy Lemniscata, un parroquiano, está decidido a intentar salir. Acodado en la barra pide un butano mientras contempla la mesa donde Leonardo, Perenne y Jacinto juegan a un olvidado juego de cartas: El Gato Viejo. Perenne lleva un loro posado sobre su hombro. En un extremo de la mesa Gudrun, una prostituta,  se ensortija con el dedo un mechón rubio de bote.

 -Cuantas veces habéis entrado en un bar y estaba lleno de gente –dice Perenne el farmacéutico mientras reparte cartas- … pues he desarrollado una teoría para resolver este problema: La Teoría del Hueco. Entras a un bar y está lleno de gente, pues sacas un hueco del bolsillo y asunto arreglado. Ya tienes tu hueco en el bar. Eso sí: recordad que debajo de un hueco queda la nada y la nada es peligrosa…

-…porque en la nada no hay nada, ni siquiera un hueco - Prosigue el loro de Perenne dando a entender que aquella historia ya la había contado muchas veces.

 En ese momento entra en el bar un hombre gigantesco vestido de tirolés con prendas que le quedan apretadas. Sostiene un hacha entre sus poderosas manos y en dos zancadas se planta a la derecha de Perenne. Su gesto es tan rápido que sólo se ve brillar un instante el filo del hacha antes de cortar de un certero tajo las dos manos del farmacéutico.

-¡Nueve, diez, jota, reina y rey! – Grita el loro al ver la jugada que sostienen las manos amputadas sobre la mesa- ¡Eso hace un Gato Viejo! Hacía años que nadie lo conseguía .Es mucho más difícil que una escalera de color.

Aún con los codos sobre el mostrador, Lemniscata se dirige al barman:

-Es un lugar interesante, este. Creo que me quedaré  -y asiente cuando el barman le pregunta:

-¿Otro butano, Lemniscata?

FIN

CÓCTEL BUTANO, BUENO Y REFRESCANTE

En mi anterior entrada el cuento La venganza de las palomas a muchos les recordó "Los pájaros" de Hitchcock. ¿Sabían que tiene una precuela? 


¡QUÉ COSAS LE PASAN AL PROFESOR SIBELIUS!!

LA RECETA: TAMAGOKAKE, EL TÍPICO DESAYUNO JAPONÉS 
Facilísimo de preparar. Arroz hervido en un bol, se echa encima un huevo crudo cuando el arroz está aún bien caliente, cuando el huevo empieza a cuajar se remueve ¡y a comer! Yo le añado unas gotas de salsa de soja. Recomiendo acompañarlo con té verde. 






martes, 1 de junio de 2021

LA VENGANZA DE LAS PALOMAS

 

Mi amigo Colombo, compañero de redacción en mi periódico digital, me telefonea para rogarme que me pase por su casa. Parece muy inquieto.  Nada más entrar me pregunta: “¿Has visto palomas en el portal?” Entonces recuerdo su último artículo “Ratas con alas” acerca de las palomas, de la manera como están invadiendo las calles portando enfermedades y empezando a acosar a los transeúntes. “Hay que exterminarlas, como periódicamente se desratiza”; escribió.

 Todo empezó al día siguiente de la aparición del artículo. Colombo estaba sentado en una mesa en la terraza de una plaza cercana tomando una cerveza. De repente, reparó en una paloma que, parada junto a sus pies, lo miraba fijamente de perfil,  con un solo ojo. Se sintió extrañamente inquieto, así que  apuró apresuradamente su cerveza y decidió volver a su casa mientras las palomas –doce, veinte, treinta, cada vez más- avanzaban con rapidez y se situaban a su altura, crac, zlu, zlu, crac.

De golpe, los pájaros se convirtieron en un tupido remolino ascendente y luego en una veloz formación punta de lanza que se abalanzó sobre él, atacándolo furiosamente a aletazos y cagadas. Echó a correr hacia su casa llegando cubierto de excrementos y con un picotazo sangrante en el cuello.

-¡Son ellas! –grita Colombo de repente señalando la ventana.

Al girarme veo a un numeroso grupo de palomas que parecen gigantes con las sombras que el sol de la tarde proyecta sobre las cortinas picoteando  furiosamente los cristales de la ventana.

 Al día siguiente, en la misma plaza, Colombo sufre un ataque de las palomas mucho más cruento. Cuando los transeúntes consiguen ahuyentar a los bichos Colombo apare tirado en el suelo cubierto de cagadas y acribillado a picotazos. Poco después mi amigo fallecía en un hospital a causa de una infección desconocida.

Decido acercarme por el bar de la plaza donde tantas veces coincidía con Colombo. Uno de los habituales de la terraza es un vecino con silla de ruedas que pasa muchas horas allí. Al quedarse inválido, se había convertido en un observador empecinado de la plaza y las palomas. Conversamos, me dice que había presenciado algunos ataques de palomas contra gente que las maltrataba. “Se diría que las palomas los advertían primero humillándoles con sus excrementos; luego venían los picotazos.” Cuando le cuento lo de mi amigo me responde tajante: “Las palomas no leen diarios digitales”. 

Poco después celebramos un acto de recuerdo por Colombo en la sede del periódico.  Es como un velatorio, pero con cerveza y picoteo. Tórtolo, el redactor, me dice: “Nos quedamos su ordenador, ya sabes que andamos cortos de presupuesto. Quizá quieras quedarte esto”-y me entrega el disco duro.

 Cuando salgo a la calle aparece sobrevolando una multitud de furiosas palomas. Quedan un momento suspendidas en el cielo y se lanzan hacia mí en picado. Sus alas producen un terrorífico ruido silbante al rasgar el aire. Entonces reacciono: “¡El artículo! ¡Debe estar en el disco duro!”

Arrojo el disco duro a un contenedor. Cientos de palomas se lanzan histéricas contra el verde recipiente profiriendo chillidos que más parecen de gaviotas picoteando furiosamente la tapa.

Me refugio en un bar, saco el móvil y telefoneo a la policía. Me identifico como director de un diario y les ruego que saquen un objeto peligroso, un disco duro, de un contenedor.

-Las palomas pueden resultarles  un peligro. Vengan con equipo antidisturbios. ¿Cómo? No, ni estoy drogado ni es una broma.

FIN

MELMOTH: EL PISAPAPELES DE NIEVE

Conocí de niño a un viejo que llevaba coleccionando pisapapeles de nieve  desde hacía muchísimos años. Su bola más querida era, precisamente, la que más le había costado conseguir, pagando por ella una fortuna. Fue construida por su inventor el austriaco Erwin Perzy III a principios del siglo XX. Se trataba simplemente de una montaña nevada con una especie de alce en medio de ella. Agitabas la bola y se ponía a nevar. Nada más. Recuerdo que cuando murió el anciano su hijo mayor puso en el ataúd un pisapapeles para que su padre se lo llevara al más allá y lo agitara cuando estuviera aburrido. Una vez la hija menor, mi amiga de la infancia, estaba fregando la habitación de sus padres y cuando introdujo el mocho por debajo de la cama salió rodando una bola cubierta de pelusilla gris. La cogió, sopló y vio en su interior una montañita cubierta de nieve y en medio un reno con las dos patas delanteras levantadas. Subido en él estaba su abuelo a modo de cowboy agitando un sombrero texano y sonriéndole. Se asustó y agitó la bola, nevó haciendo desaparecer a su abuelo. Cuando se aposentó la nieve solo estaba el reno mirándola estúpidamente. La chica agitó la cabeza como queriendo desprenderse de una tonta alucinación y, a petición de su madre, esa bola fue a parar a la basura junto con las demás bolas de nieve.

 Todo esto me lo contó esa chica que ahora ya tiene cincuenta años. Me dijo que cree que su abuelo la estaba saludando a través de la bola de nieve y que hoy se siente culpable por haber hecho caso a su madre tirando todas las bolas a la basura.

FIN 

¡AQUÍ ESTÁ FRODO!

LA RECETA: POLLO CON SALSA DE CEREZAS
¡Vamos a aprovechar la fruta de la temporada! (Foto: Silvina)
Sofreír los trozos de pollo en aceite, retirarlos cuando se vean dorados y sazonar con sal y pimienta.
En el mismo aceite freír 1 cebolla y 1 zanahoria cortadas finas.
Deshuesar 1/4 de kilo de cerezas. 
En el bol de la batidora poner la cebolla, la zanahoria cocidas, las cerezas, 1 cucharada sopera de piel de limón rallada y 1 vaso de vino blanco o jerez.
Triturar todo con la batidora. Volver a poner el pollo en la sartén o cazuela, añadir las cerezas que se habrán convertido en una masa cremosa, tapar y cocer todo junto a fuego mínimo 20m.




martes, 25 de mayo de 2021

NORMA DESMOND TIENE VISITAS

 

Como todos los viernes por la noche Keaton, Warner y Nilsson se encuentran en la casa de Norma Desmond para su partida de cartas. Aprovechando que son cuatro juegan al bridge. Antes jugaban al póker pero pronto se dieron cuenta de que era imposible ganar a Buster Keaton con su sempiterna cara de póker. El salón está escasamente iluminado y no es fácil ver los palos de las cartas, aunque también les evita la visión del pequeño féretro con el cadáver de la última mascota de Desmond; un mono.

 El mayordomo, Erich von Stroheim, acude portando una bandeja con bebidas y se despide con una inclinación de su poderosa testa prusiana. Keaton, que le ha tocado formar pareja en el juego con Desmond, empieza a repartir cartas. De repente se queda extasiado al ver la cara de Norma Desmond resplandeciente, como no la había visto desde que la iluminaban los focos del estudio. Nilsson le devuelve a la realidad cuando dice:

-Está amaneciendo.

Todos se quedan ensimismados mirando los pálidos rayos de sol con infinitas partículas de polvo que danzan por todo el salón hasta que Norma Desmond se levanta dando por acabada la reunión:

-Gracias por esta deliciosa velada, queridos amigos. Hasta el próximo viernes. –Y dirigiéndose al mayordomo-: Max, ya puedes recoger lo que hay en la mesa, por favor…

Como era de esperar ninguno salió por la puerta. Todos, en perfecta procesión fantasmal, atravesaron las paredes.

FIN

MELMOTH: LA APLICACIÓN

Fabián Vadelisto ama su teléfono móvil inteligente, sobre todo cuando le avisa de los cumpleaños, santos y aniversarios de familiares y amigos. Sin embargo, también le encanta cuando recibe los recordatorios de la ITV, declaración de la renta, renovación del DNI, pasaporte, carné de conducir, ofertas del súper, tiempo atmosférico, analíticas, resultados médicos, oftalmología, dermatología, dentista, otorrino, renovación del contrato de desempleo y el tema musical elegido por él para que la alarma lo arranque cada mañana de un sueño que nunca recuerda.

Para Vadelisto era todo un increíble avance el no tener que recordar ni pensar en nada porque los programas y aplicaciones estaban ahí para aligerar todo ese peso innecesario y molesto de hacer servir la cabeza.

 Vadelisto recibe un nuevo recordatorio que dice: “Señor Fabián Vadelisto; le recordamos que dentro de una semana usted fallecerá. Por favor, no haga nada para evitarlo; no pierda el poco tiempo que le queda para evitarlo, porque es inevitable. Empiece a despedirse de sus seres queridos y ponga todos los papeles en orden. Un cordial saludo.”

Vadelisto no puede creer que haya sido víctima de una broma macabra. Entra con su móvil a internet y comprueba que a otros les ha sucedido lo mismo. Incluso se habla de que algunos de ellos, pasada la semana del recordatorio, han fallecido por diferentes causas. Llegado el día, un fulminante infarto acaba con su vida, sin haber realizado lo que buenamente recomendaba aquel recordatorio.

La nueva aplicación para móvil ha sido un rotundo éxito, tras el resultado del experimento llevado a cabo con miles de usuarios elegidos al azar. La gente de Silicon Valley considera totalmente necesaria esta aplicación. Saber con una semana de antelación la muerte y así terminar con la desagradable sorpresa por parte de los familiares. Ahora hace falta a que se adapten y no se preocupen ni piensen en nada. De inmediato se introducirá en todos los móviles del mundo de manera gratuita y sin opción a rechazo a esta nueva e innovadora aplicación.

FIN

RECETA: RABO DE TERNERA AL VINO TINTO. Foto: Silvina

AVISO: es un plato muy fácil de preparar, prácticamente se hace solo, pero requiere tiempo.
En una cazuela alta sofreír los trozos de rabo de ternera. Cuando uno los ve por primera vez piensa ¿pero qué me han dado? ¡Es todo hueso y grasa! pero esa grasa se ira fundiendo durante las 3 horas de cocción y quedara una consistencia muy melosa.
Cuando los trozos de rabo tomen calor, añadir sal, pimienta, cebollas (recomiendo chalotas, de las pequeñas) 1 atado de hierbas (tomillo, laurel, romero...) y echar vino tinto justo hasta cubrir la carne.
Reducir el fuego al mínimo, tapar la cazuela y dejarlo cocer durante 3 horas como mínimo; es uno de esos platos de chup-chup. Yo le suelo añadir una pastilla de chocolate amargo.
Sabe mucho mejor si se deja reposar toda la noche para comerlo al día siguiente.




miércoles, 12 de mayo de 2021

POST TEMÁTICO: ESCARABAJOS

 

LA METAMORFOSIS SEGÚN MELMOTH

Gregorio Asmas había permanecido otra noche en vela debido a su cada vez más incipiente insomnio. La pálida luz del alba empezaba a filtrarse a través de la persiana de su habitación y él seguía siendo un monstruoso hombre. Por lo tanto, le tocaría de nuevo quedarse encerrado en su cuarto durante todo el día.

 La noche que quedaba atrás había sido muy movida. Como cada noche, Gregorio Asmas había salido de su habitación para estirar las piernas aprovechando que sus padres y su hermana dormían en sus habitaciones. Gregorio aquella noche se encontró con una ingrata sorpresa. De debajo de la mesa salió precipitadamente una grotesca sombra cheposa, corriendo a cuatro patas buscando el refugio del sofá para ocultarse. Reconoció de inmediato que se trataba de su madre. Las dos antenas de su cabeza sobresalían por encima del sofá moviéndolas de tal manera que daba la sensación de que intentaba con desesperación capturar señales de otro mundo. Gregorio se quedó paralizado del susto al no esperarse encontrar a esas horas de la noche a su madre debajo de la mesa y con la luz apagada. Automáticamente miró hacia arriba y allí estaba su padre pegado al techo en un rincón y sin moverse, como un siniestro arácnido surgido de la imaginación más enfebrecida de un trastornado.

  Gregorio subió por las escaleras de dos en dos directo a su habitación. En el pasillo se topó bruscamente con su hermana. El ortóptero con sus antenas cortas apenas se movía en mitad del largo y estrecho pasillo. Su hermana allí estaba de pie perfilada y contrastada con la macilenta y enfermiza luz artificial que penetraba por la ventana ubicada al final del pasillo. Gregorio se introdujo en su habitación y se metió en la cama, y allí, seguía todavía, pero con los latidos de su corazón más apaciguados. La puerta se abrió muy despacio hasta dejar entrever un par de brazos verdes y con forma de sierra para depositar la bandeja del desayuno en el suelo. Era su hermana; el único miembro de la familia que todavía se atrevía a cuidarle. Las patas desaparecieron de su vista. Se levantó de la cama y entreabrió un resquicio de la ventana para ver el exterior. Había empezado el trajín cotidiano y obediente de los coleópteros, ortópteros, dípteros, isópteros, himenópteros, lepidópteros, hemípteros, odonatos, en fin, toda esa amplia gama de artrópodos hexápodos que la desquiciada condición social había llevado a cabo a lo largo de su experimental Historia. Gregoria Asmas no sentía ningún tipo de amenaza. El mundo de los insectos, simplemente, aguardaba con paciencia la inminente transformación de Gregorio.

FIN

Este es uno de mis más oscuros relatos: 

-¿Dónde estás, Jorge? ¿Jorge?

-Sí, soy yo –dice Juan desde el umbral.

-Pasa, pasa y siéntate -. Elena es ciega. Desplaza su cuerpo medio abrasado en una silla de ruedas -. Pasa y cierra la puerta.

Cuando Juan cierra la puerta el viento agita un periódico como un ave moribunda sobre la alfombra.

El timbre del teléfono suena. Elena coge el auricular desde su silla de ruedas.

-¿Eres tú, Elsa? ¡Qué alegría! ¡Qué ganas tengo de verte ¿Ahora? ¡Magnífico! Dile al profesor que también puede venir y traerse a su amiguita. Nos divertiremos.

Juan lanza una rápida mirada hacia la puerta.

-Escuche –dice a la mujer -. ¿No oye nada?

-Vendrán Elsa y sus amigos –dice Elena -.Gente muy simpática. Te gustarán. ¿Tienes hambre? Abre una lata de atún.

 Juan abre una lata. El atún desprende un olor marítimo, fresco y jubiloso.

-¿Quién eres tú? –pregunta una joven desde lo alto de la escalera que conduce a la segunda planta. Es morena y guapa. Su único defecto visible es un muñón descarnado.

-¡Elvira, es Jorge! ¡Ha vuelto! Jorge, ella es Elvira.

-Elvira –dice Juan -¿No oyes voces? ¿Gritos? Vendrán, no sé porque pero estoy seguro.

-No -. Elvira escucha atentamente. Ahora se oye un coche detenerse.

-Son ellos –anuncia Elvira como si dijese: “No te asustes. Sólo son ellos”.

-¡Elena! –Exclama nada más entrar el profesor. Su traje almidonado le mantiene rígido pero su nariz ha desaparecido y el corroído labio superior deja al descubierto sus mandíbulas.

-¡Ya estamos aquí! –dice Elsa. Sus brazos fláccidos cubiertos de escamas se bambolean caprichosamente.

-Creo que no conoces a mi amiga Eva –dice el profesor.

-Buenas noches, Elena –saluda Eva. Una oleada de perfume caro acompaña sus palabras. Es una joven atractiva pero a través de su piel azulada y transparente se le ven las vísceras.

-¡Elvira! – dice Elena-. ¡Trae la baraja! ¡Vamos a jugar!

Elsa empieza a subir la escalera. Se dirige a Juan:

-Sube, Jorge, por favor.

 Elsa y Juan se sientan en la cama de un dormitorio del segundo piso.

-Verás, Jorge -empieza Elsa-. Yo…

-No soy Jorge –dice Juan.

-Ya lo sé –dice Elsa-. Todos lo sabemos. Jorge murió. La bomba…

-La bomba acabó con todo.

-¡Falta un as! –Oyen ahora la voz del profesor.

-Jorge… Juan, yo… te quiero –susurra Elsa. Los gritos de Elvira la interrumpen:

-¡Oigo a los hombres! ¡Vienen los hombres!

Juan parece sentirse acorralado. Está dejándose llevar por el pánico mientras por las calles lúgubres y vacías corren hombres uniformados  disparando nubes de color verde.

Juan y Elsa descienden la escalera. Todos miran hacia el exterior por la puerta entreabierta.

¡Venga, que empiece la partida! -les apremia Elena-. Cierra la puerta, Elvira.

Antes de cerrar la puerta Elvira dice:

-¡Otra vez están fumigando la zona!

NOTA ACLARATORIA:

Todos los personajes de este relato son cucarachas. 

En primer plano: Jorge-Juan. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Elena, Elvira, Elsa, El profesor, Eva y alguien no identificado.

 

FIN

¡AQUÍ ESTÁ FRODO!


RECETA: MACARRONES  A LA MALLORQUINA (Tranquilos, no lleva escarabajos)

Sofreír tomates escaldados y pelados en una sartén con cebolla picada fina. 
Añadir sobrasada, alcaparras, atún (opcional) y 1 vaso de vino blanco. Apagar el fuego cuando la sobrasada se vea blanda. Conviene que el atún no llegue a cocer pues quedaría seco.
Cocer los macarrones en agua salada, después de escurrirlos se mezclan con la salsa, se disponen en una fuente con queso rallado por encima ¡y a gratinar! 




lunes, 3 de mayo de 2021

UNA BROCA DEL DIECISÉIS. Y más cosas...

 

-Uno, dos, tres, cuatro… y cinco.

Marcos Cornisa se detuvo al contar cinco pasos. Se apoyó de espaldas en la pared e hizo una señal con la punta de un cuchillo justo encima de su cabeza como suelen hacer los padres para comprobar el crecimiento de sus hijos. Descorrió una cinta métrica y anotó: un metro con setenta y dos. Luego fue a la sala contigua, avanzó otros cinco pasos, volvió a usar la cinta métrica y después de un breve cálculo marcó un punto en la pared con rotulador azul. Se dirigió hacia el teléfono y tecleó el número de una galería de arte.

-¿Galería Gouache? Soy Cornisa, he decidido comprar aquel cuadro. Sí, la litografía de Abercrombie. ¿Podrían enviar a alguien a mi casa para traer el cuadro y colocarlo? No estoy bien de salud. ¿A qué hora? Perfecto.

Los dos empleados de la galería hacían pensar en un dueto cómico pues uno era bajo y rechoncho y el otro flaco y desgarbado. Transportaban una gran caja rectangular. El rechoncho llevaba una placa con su nombre –Black- prendida en la chaqueta y parecía tener dotes para el mando.

-Buenos días, señor –dijo-. ¿Dónde quiere poner el cuadro?

Cornisa señaló el punto marcado en la pared.

-He de advertirles que es un muro bastante grueso. Ya saben, las casas antiguas…

Black se dirigió a su ayudante:

-Decker, acércame una broca del dieciséis.

 El hombre desgarbado abrió un maletín de herramientas y buscó entre un juego de brocas y puntas. Sacó una pieza y se la entregó a Black.

-Disculpen un momento –dijo Cornisa-. Tengo que enviar un mensaje en el ordenador.

-Usted, a lo suyo –respondió Black enroscando la broca en el taladro-. Nosotros ya nos ocupamos de todo.

Cornisa se ausentó. Black, con la punta de la lengua asomando al exterior, apuntó hacia el centro de la marca. El taladró zumbó y la broca perforó la pared como si fuera un bloque de mantequilla entre una nube de partículas de yeso.

- ¡Pero qué dice ese de un muro! –masculló Black-. Esto es un tabique más delgado que un papel de fu…

Black enmudeció repentinamente al retirar el taladro. La broca rezumaba sangre fresca.

Los dos hombres corrieron hacia la habitación del otro lado de la pared. Cornisa se mantuvo en pie unos segundos antes de desplomarse como un saco de patatas. En la pared, un agujero sanguinolento producido por una broca del dieciséis como el que ahora tenía Cornisa en la nuca, justo bajo el occipital.

Su mano derecha sostenía un sobre. Escrito con rotulador azul se leía: Señor Juez.

FIN

MELMOTH: EL NÁUFRAGO DEL BAR

 La de veces que he tenido que ir, no sin temor, a los servicios de algunos bares de Barcelona. Tienes que bajar, en muchas ocasiones, por unas escaleras que parecen que conduzcan al mismísimo infierno. Tienes la sensación de descender y descender sin llegar nunca a pisar el subsuelo.  Luego, sigues por unos pasillos laberínticos de paredes húmedas decoradas con cuadros muy extraños. Si tienes la suerte de dar con el servicio y, una vez con la bragueta ya bajada, retienes en la memoria el camino que has seguido hasta llegar aquí para después poder encontrar la salida. En otros bares siniestros he visto pasillos llenos de objetos que te hacen pensar que los camareros viven allí abajo o que vivieron gestes de otras civilizaciones ya desaparecidas. He visto percheros con sombreros y abrigos que parecen al fantasma de la ópera. He visto juguetes antiguos, caballitos de madera, cajas de sifones cubiertos de polvo que no se utilizan desde hace siglos. Carteles viejos y amarillentos de bebidas que nadie recuerda. Espejos agrietados que si te miras en ellos ves otro rostro que te da miedo. Muebles viejos. Fotografías en sepia de familias fantasmales. Olores extraños.  Una vez entré en un bar del cual nunca había estado. Pedí una cerveza en la misma barra. De repente, salió un hombre andrajoso y despistado de la oscuridad del interior como un muerto viviente. Se parecía a Robinson Crusoe. El camarero se enfureció preguntándole cómo había entrado allí. Para mí la pregunta era totalmente errónea. Debería haberle preguntado cómo ha salido de allí. El pobre hombre miraba a su alrededor muy aturdido. Dijo con voz trémula que por fin había encontrado la salida. Luego miró a la barra, frunciendo el ceño, y le preguntó al camarero:

- ¡Dios santo! – exclamé. ¡Esa bebida dejó de fabricarse en 1990!

FIN

Frodo y su nueva incursión en el ego argentino:

El profesor Sibelius está ahora demasiado ocupado explicando a una alumna la diferencia entre los sistemas atómicos y los subatómicos.

LA RECETA: POLLO A LA PROVENZAL (Foto: Silvina)

Enharinar los trozos de pollo y dorarlos en una sartén con aceite bien caliente y 4 dientes de ajo.
Retirar el pollo y freír en la sartén pimientos, cebolla picada, champiñones y 2 cucharadas soperas de tomate rallado. 
Cuando las verduras tomen color añadir el pollo, 1 vaso de vino blanco y 1 hoja de laurel.
Tapar la sartén y dejar cocer con el fuego al mínimo 30 m. 










martes, 20 de abril de 2021

BORGO CUMPLE DOCE AÑOS

 Silvina también se ha apuntado al evento.

Doce años, ya... gracias, muchísimas gracias a todas y todos por dar vida a este blog con vuestros comentarios siempre tan interesantes de leer. Gracias por opinar, comentar o simplemente echar un vistazo por aquí. Lo que empezó como una ventana donde mostrar mis ilustraciones –esa era la idea- también me ha ayudado para compartir con más gente mis anécdotas, relatos, curiosidades y frikadas varias.

Un hombre conduce por una carretera desierta. Al cabo de un rato, mira extrañado el reloj. Por la hora que es, debería haber llegado ya a su destino. De repente, algo llama su atención. Mira por el espejo retrovisor y no ve ningún coche. A su derecha aparece una valla publicitaria de neumáticos. Algo no va bien. Pone el cuentakilómetros a cero, mira la hora y retoma la marcha con mil ojos por si aparece algún desvío que antes se le haya pasado por alto. Cuando lleva recorridos 31 kilómetros vuelve a aparecer la misma valla. ¿Qué demonios está pasando? Está asustado. Vuelve a poner el cuentakilómetros a cero y acelera todo lo que puede, pero da igual porque a los 31 kilómetros vuelve a encontrarse con la valla.

 A Gualdo esa historia la contaba siempre su padre. Todas y cada una de las veces que lo hacía él le preguntaba qué pasaba al final. Su padre respondía: ¿Al final? no hay final ni pasa nada más, se queda allí dando vueltas y más vueltas… “Es como un bucle”.

Aquello le alteraba tanto que acababa enfadado con su padre. En su cabeza no tenían cabida las historias sin final.

Cuando se lo comentó a un amigo éste le dijo que podría ser un cuento de Cortázar. Compró una antología que incluía La autopista del Sur. Gualdo lo leyó mientras fumaba su segundo paquete del día y sólo se parecía al cuento de su padre en lo absurdo de la historia. Todo el libro le pareció un sinsentido: un cuento en el que entraba más gente de la que salía en el subterráneo de Buenos Aires, o ese otro en el que dos hermanos van perdiendo su casa poco a poco porque una presencia extraña la va tomando… ¡y todos terminan sin una explicación de lo que está ocurriendo! Un bucle… excusas de alguien que no sabe cómo terminar un cuento.

 Un soleado sábado de marzo Gualdo decidió salir a dar un paseo. Cuando Intentó salir de casa no lo consiguió.  

Cada vez que abría la puerta no encontraba el portal –vivía en una planta baja-  sino el recibidor que en  aquel momento intentaba abandonar. Volvió a intentarlo una vez más: abrió la puerta, todo estaba oscuro, palpó la pared buscando el interruptor de la luz del porche. No consiguió encontrarlo. En cambio encontró el perchero y el paragüero. Volvía a estar en el recibidor del que acababa de salir y de espaldas a la puerta de salida.

No, no podía salir de su casa.

Se dirigió al comedor y vio por la ventana a su vecina Magenta que corría hacia casa llevando un carro de compra atestado con rollos de papel higiénico. Gualdo intentó abrir la ventana para pedir auxilio pero estaba herméticamente cerrada. La vecina, al verle, gritó para hacerse oír por encima de la mascarilla:

-¡Vecino! ¿Se ha enterado? ¡Hay una pandemia, un virus llamado Covid nosecuántos! ¡Estamos confinados sin poder salir de casa!

Un confuso Gualdo sólo acertó a murmurar:

-Vaya un bucle de cien pares de…

FIN

Melmoth nos ofrece su versión de dos conocidas leyendas urbanas:

SLENDERMAN, LA CANGURO Y UN GATO

 La canguro le ha tocado esta noche quedarse con Luisito. Lleva por lo menos tres porros en su cuerpo y está medio dormida tumbada en el sofá mirando con ojos entrecerrados un aburrido reality show. Se levanta para hacerse un cola cao y coge a Simón, el gato de la casa, creyendo que es la jarra de leche, y lo introduce en el microondas. El Slenderman tiene previsto venir a esta casa para llevarse a Luisito. Entra en ella con facilidad y malos pensamientos. Se dirige a la habitación de Luisito, pero al oler a gato recién cocinado, cambia de dirección. No se había dado cuenta, hasta ahora, lo hambriento que está, a pesar de la creencia popular de que no tiene boca. Abre la tapa y coge el gato chamuscado. Se lo introduce en su enorme boca, salida de la nada y llena de dientes afilados y se lo come con dos mordiscos. Se chupa sus largos dedos. Cree que el gato ha sido cocinado para él y se siente tan agradecido que decide no llevarse a Luisito sino a la estupenda cocinera.

FIN

Frodo y su inconfundible humor argentino.



PROFESOR SIBELIUS

Y aquí seguimos cocinando: TABULÉ. Foto: Silvina
Para esta ensalada libanesa necesitaremos:
Sémola de cus cús, zumo de tomate, pepino, pimiento rojo y verde, tomates, cebolla, 1 limón, perejil y hojas de menta.

Poner la sémola en una ensaladera o un cuenco grande y echar el zumo de tomate con un chorro de zumo de limón. Dejarlo reposar todo durante media hora para que la sémola se vaya hinchando e impregnando bien con el zumo.

Pasado este tiempo ir cogiendo bolas de sémola y desmenuzar con las manos para que no queden grumos. Picar las cebollas muy finas así como el perejil (mejor que el perejil sea abundante) y las hojas de menta. Cortar los tomates y el pepino lavado pero sin pelar. Añadir todo este picadillo al tabulé junto con un buen chorro de aceite, sal al gusto y remover todo el conjunto antes de guardarlo en la nevera. Aconsejo dejarlo reposar una hora. Queda muy bien para acompañar carne a la brasa. 










miércoles, 7 de abril de 2021

¿BLANCO O TINTO? Y UN RELATO DE MELMOTH

 

Cuando tiraron la bomba Berto estaba buscando el vino adecuado.

A Berto le gusta Berta. Pero a Berta no le gusta Berto del mismo modo. Berta le propuso que fueran amigos y Berto aceptó esa amistad de sala de espera confiando secretamente en que el tiempo cambiaría la situación.

 Berta le había invitado a cenar. No sabía cuál era el plato pues era una cena sorpresa; a ella le gustaban esos  juegos. Convinieron en que él traería el vino. Berto se detuvo indeciso frente a la licorería ¿qué vino sería el adecuado, blanco o tinto? Era una cena sorpresa, no podía saberlo. Resolvió llamar a Berta para consultarle que vino acompañaría mejor lo que fuera que había preparado. No le quedaba saldo en el móvil pero había una cabina telefónica en la esquina. Cuando entró en la cabina experimentó una curiosa sensación de salto temporal, hacía años que no telefoneaba desde una cabina callejera. Puso tres monedas de veinte céntimos. Al otro lado descolgaron el auricular y Berto volvió a oír aquel olvidado ruido metálico de monedas deslizándose hacia el interior. Aún llegó a escuchar la voz de Berta “¿Diga?” cuando se oyó una pavorosa explosión, luego la línea se cortó.

Berto miró por entre los anuncios pegados a los cristales de la cabina. Vio un resplandor lejano en otro barrio, a quilómetros de allí. A su alrededor miles de objetos eran arrojados por todas direcciones como en el interior de un huracán. El aplastante ruido se había convertido en un sordo rumor quizás porque ya no cabía en nuestros cerebros. Aquella monstruosa ola de luz blanca que mascaba millones de grados de calor se acercaba babeando, hinchada de electricidad.

Y encima la cabina se había tragado las monedas.

FIN

¡Vuelve Melmoth con un fantástico relato basado en una conocida leyenda urbana!

UN COCODRILO EN EL VÁTER

Iba yo, muy bebido conduciendo mi Renault 5 hacia mi casa por una carretera secundaria para evitar los controles de alcoholemia. Eran las dos de la madrugada. De repente vi en una cuneta a una chica haciendo autostop toda vestida de blanco nuclear. Los focos del coche intensificaron el resplandor de su vestido. No dudé en detenerme para recogerla y así evitar que un loco la recogiera y le hiciera daño. Ella abrió la puerta y se sentó muy decidida. Aceleré realizando bruscas y peligrosas cuervas. Estaba muy borracho. Llevaba encima por lo menos treinta cubatas. La chica me miró espantada y me preguntó por qué había hecho eso. La miré por el rabillo del ojo y supe que se trataba de ese rollo de la chica muerta de la curva y allí estaba para salvarme el pellejo. Así se lo dije y se puso a reír.

 -No me jodas, tío. Estás como una cabra – me espetó -. Solo quería encontrar a alguien que pudiera desatascar mi váter. Hace unos días arrojé por él una asquerosa cría de cocodrilo ya bastante crecidita. Me la regaló el estúpido de mi novio. Ahora cuando cago y tiro de la cadena la mierda sube flotando con el agua amenazando con verterse por toda la puta casa.

- ¿Y estás a las dos de la madrugada al borde de una carretera secundaria buscando a alguien que te pueda desatascar el váter?

-Es que tengo insomnio.

- ¿Por qué no llamas, cuando sea de día, a un fontanero? También podrías llamar a tu novio. ¿La cría de cocodrilo no se come la mierda? Podría servir de desatascador…

-He dejado al idiota de mi novio y no tengo para pagar al puto fontanero. Y, supongo, que el cocodrilo está muerto.

- ¿Vives sola?

-Sí. Por favor, ¿podrías desatascar el váter? Temo que la mierda inunde mi casa y ya tengo demasiada en mi maldita vida.

 Hubiera preferido haber recogido a la chica muerta de la curva. Al menos me hubiera ahorrado trabajo. Giré sin poner intermitente (llevaba mucho tiempo sin funcionar). La chica me indicó la dirección de su casa. Vivía bastante retirada de la carretera. Me adentré por un camino estrecho y lleno de piedras. Temí pinchar una rueda porque nunca llevaba la rueda de repuesto.

Era una casa normal dentro de lo anormal de la situación. No paraba de pensar en mi mujer. Cuando le contara el motivo de mi retraso no se lo creería. Es lo que tiene la verdad; que siempre es increíble y de ahí que tengamos de inventamos constantemente cosas más imposibles para que los demás se las crean. Entramos en la casa. Ella cerró con llave y me dijo que esperara un momento. Desapareció por una puerta. No pasó ni un minuto cuando volvió a acompañada de un enorme cocodrilo caminando como un chulo debido a sus cortas patas. Ella le dijo:

-Venga, Juancho, la cena está servida.

FIN

RECETA DE PRIMAVERA: PASTA CON PESTO VERDE

Aprovechemos que es la época de la albahaca fresca para hacer una rica salsa pesto.

Mientras ponemos al fuego el agua salada poner en el vaso para la batidora 100 gr. de hojas de albaca, 2 dientes de ajo pelados, 2 cucharadas de queso parmesano rallado y un chorrito de aceite de oliva. Saltear en la sartén 50 gr. de piñones y, justo cuando se vean tostados, añadir a la mezcla y triturar en la batidora. Cocer la pasta, escurrir y servir con la salsa por encima.

Existe otra variedad: el pesto rojo. Se prepara igual pero añadiendo unos cuantos tomates secos, de los envasados en aceite y triturar con el resto.