La etiqueta del frasco dice que un par de gotas bastan para
seducir miles de mujeres. No doy mucho
crédito a esta publicidad sobre todo porque
he comprado la colonia en una siniestra tienda que parecía la de los
Gremlins. Me doy una friega en el pecho como aconseja la etiqueta, me guardo la
colonia en un bolsillo de la chaqueta y
salgo a la calle envuelto en un intenso aroma de almizcle y cardamomo.
Es de noche y mientras espero en un cruce a que el semáforo
se ponga verde un coche largo y negro se detiene a mi lado. Una puerta se abre
y sale por este orden: una pelirroja, una pierna enfundada en seda gris y luego
otra pierna idéntica. La pelirroja me invita a subir. El interior del coche
parece más largo y negro que el exterior. Mientras un chofer –también largo y
negro- conduce por calles desiertas llega el momento en que las uñas se clavan
y las bocas se convierten en muecas manchadas de carmín.
Fantástico. Nos vestimos en silencio porque no hace falta
hablar. El chofer abre la puerta y bajamos frente a la marquesina de un hotel.
La pelirroja me dice que la espere en el vestíbulo y que “Eres un hombre que
deja huella”. Me suena a anuncio.
Me pongo más colonia. Arriba se oye ruido de fiesta y decido
subir en ascensor. Cuando se abre la puerta me encuentro frente a una camarera
pelirroja con una bandeja cargada de copas. Por la forma en que frunce la nariz
sé lo que va a pasar. Suelta la bandeja y se me echa encima como una pantera.
Lo hacemos allí mismo de pie, rápido. Salgo satisfecho mientras ella me dice
“En las distancias cortas un hombre se la juega”.
En el pasillo me encuentro con otra pelirroja (¿pero cuántas
hay en la ciudad?) con un vestido que empieza tarde y acaba pronto. Tira de mi
brazo y me arrastra a una habitación. Me
desabrocha la bragueta mientras dice que mi perfume le recuerda a Cerruti,
Cassini, Gucci, Fetuccini, Linguini y no
sé qué más.
Pero la camarera me ha dejado agotado y no consigo estar a
la altura. Bajo las escaleras avergonzado perseguido por la pelirroja que me
grita “Pichafría” “Media nena” y “Busco a Jacqs” (Eso no sé porque) Salgo del
hotel en busca de un taxi pero veo un coche largo y negro que gira, frena y
salen tres pelirrojas. Si me pillan me dejan seco.
Giro a la carrera por una calle lateral, abro la tapa de un
contenedor y me escondo dentro. Oigo tacones que se alejan y me sobresalto
cuando alguien enciende un mechero frente a mi cara.
-Vaya, no esperaba visitas –me dice un hombre joven, no muy
mal vestido-. Vivo en este contenedor.
Para hacer tiempo le cuento la historia de la colonia y las
pelirrojas. Se ríe de buena gana pero noto que no me cree. Abre la tapa y el
contenedor ha quedado como una casa sin techo. Al notar el olor del joven a mondas
de naranja y verduras podridas se me ocurre una idea: “¿Quieres probar la
colonia?”.
Siguiendo mis instrucciones se perfuma el pecho. Salimos del
contenedor y nos despedimos con un apretón de manos.
Al doblar la esquina me vuelvo y observo al hombre del
contenedor. Pasan los minutos. Empiezo a pensar que quizá esa colonia solo
provoca ese efecto en mi persona, pero entonces un coche largo y negro frena
delante de él.
Se abre una puerta y por este orden han salido: una rubia,
otra rubia y una tercera.
FIN
CONEJO A LA CAZADORA
Si no se es partidario de la carne de conejo este plato se puede hacer con pollo.
Los italianos conocen con el nombre Alla cacciatora a los platos de conejo o pollo guisados en una salsa de tomate y verduras.
Pasar los trozos de conejo por harina y freírlos en una sartén.
Cuando estén dorados retirarlos, sazonar con sal y pimienta y sofreír en el mismo aceite 4 dientes de ajo, zanahorias, apio y cebolla todo bien picado.
Cuando las verduras se vean blandas añadir el tomate. Yo suelo usar para este plato latas de tomates enteros en su jugo que se encuentran en tiendas de productos italianos.
Verter 1 vaso de vino blanco, dejar reducir un poco el jugo y añadir los trozos de conejo a la salsa.
Tapar la sartén, reducir el fuego al mínimo y dejar cocer media hora. Queda muy bien acompañado de patatas fritas o al horno.
Y ahora, el broche de uno de los microrrelatos del amigo Melmoth:
MÁS COCHES QUE SERES HUMANOS
Un viandante se introduce por un paso subterráneo porque no
hay manera de cruzar la carretera por el exceso de circulación. Incluso los
coches no se detienen con el semáforo en rojo. Se ha dado la extraña
estadística oficial de que hay más coches que seres humanos. Entonces, ¿quién
coño los conduce? El viandante, sin darse cuenta, se ha introducido en un
enorme parking repleto de coches aparcados que la vista no alcanza a ver su
final. No es capaz de encontrar la salida en aquel inmenso laberinto.
Han pasado unos años y el caso de su desaparición sigue
estando abierto.
FIN