En la máquina de discos suena Roberto Carlos. Por la decoración en tonos vinagre y la bola de espejos que cuelga del
techo parece que los años setenta se han detenido en el Club Barbarella, aunque
las dos chicas que acaban de entrar son demasiado jóvenes para apreciarlo.
Una
mujer apoyada en la barra se dirige hacia ellas:
-Hola
¿Qué queréis?
-Hola,
venimos por el anuncio –dice
la más alta-. Es aquí ¿Verdad?
-Sí,
yo soy la encargada, pero tenéis que hablar con el dueño. Un momento, voy a
avisarle…
Aparece
el dueño. Cuarenta y cinco años, viste bien con estudiado desaliño. Un leve
aburrimiento descansa en su rostro como una segunda piel.
-Vaya…
tenemos chicas nuevas. Me llamo Fede. Supongo que no hace falta preguntaros si
tenéis experiencia, me diréis que sí de todos modos -.Aspira el cigarrillo y
expulsa una bocanada de humo azul- ¿Cómo os llamáis?
-Yo,
May –dice la más alta que definitivamente lleva la voz cantante-. Ella es Cris.
- A
ver, Sara –dice Fede a la encargada-. Sirve algo de beber a Cris mientras hablo
con May en el despacho.
En
el pequeño cuarto que Fede llama pomposamente despacho May se acomoda en una
silla mientras Fede se sienta estudiando detenidamente a May.
-Verás,
de las condiciones prefiero hablar en privado. ¿Por qué? Muy sencillo – Fede
enciende otro cigarrillo y se inclina hacia May-… solo he necesitado un vistazo
para darme cuenta de que tú me interesas mucho más que tu amiga. No creo que
ella pueda quedarse, solo necesito una niña más.
May
agita la cabeza. Su pelo reluce a pesar de la tenue luz del despacho.
-Pero
es que yo no puedo quedarme si no se queda Cris… sería una mala faena.
-Pero
el trabajo es el trabajo ¿Tan amigas sois que no podéis pasar la una sin la
otra?
-Hombre,
amigas intimas tampoco, pero si nos hemos puesto a buscar una barra juntas…
Fede
enciende otro cigarrillo y vuelve a mirar fijamente a May agitando una mano
para dispersar el humo que flota entre los dos.
-Bueno,
mira lo que vamos a hacer: aquí se pagan cincuenta euros al día más el
cincuenta de las copas. Tú cobrarás como todas, pero a tu compañera no le puedo
dar más de treinta… entiéndelo, es un sueldo con el que no contaba…
Fede
boquea lanzando aros azulados hacia el techo antes de añadir:
-Aunque
si quieres podéis partirlo y tocáis a cuarenta cada una, tú misma… ¿O prefieres
decirle que tú también cobras treinta? Yo te doy cincuenta y ella no tiene
porque enterarse.
Fede
y May salen del despacho y se dirigen hacia Cris que está bebiendo un gin tónic
en la barra.
-Bueno,
May te pondrá al corriente de las condiciones –dice Fede- . Sara se encargará
de enseñaros como funciona esto. Podéis empezar ya mismo. Eso sí, el cliente
aquí se gasta mucha pasta, hay que tratarlo bien. El reservado está para
trabajar, no para hacer bonito…
Una
hora después Sara entra en el cubículo de Fede que está machacando una raya de
cocaína sobre un espejo de bolsillo.
-Fede…
la máquina de discos se ha vuelto a estropear, hay que llamar para que vengan a
arreglarla –se sienta ante Fede que está enrollando un billete de cincuenta
euros-. Son monas esas dos niñas nuevas ¿verdad? Sabía que te gustarían.
¿Cuánto les has ofrecido?
-Pues
como a todas –responde Fede acercando a su nariz un extremo del billete-…
sesenta al día más el cincuenta.
La
tarde se desvanece hacia la noche y el Barbarella empieza a llenarse. Los
hombres entran y se sientan pesadamente en los taburetes de la barra, aturdidos
por lo que el día les había hecho. Parecen tristes y lo están.
-A
mí me parece que treinta es poco –dice Cris a May. Hablan en voz baja en el
rincón más oscuro del reservado-, pero si tú dices que está bien, nos quedamos.
Lo que no entiendo es por qué no quieres que sepan que somos hermanas…
¡Chissst!
–May se lleva un dedo a los labios-. ¿Eres tonta? Ya te he dicho que no lo
vuelvas a decir.
MI RECETA DE GIN TÓNIC:
A Cris le habría preparado el gin tónic así: suelo utilizar ginebra Tanqueray o barriendo para casa la tarraconense Mare, con su toque de romero. La tónica, Schweppes, la de toda la vida.
El vaso ha de ser ancho para que la ginebra desprenda bien su aroma. Restregar los bordes del vaso con una lima, mejor que con limón, así lo preparaban los ingleses de las colonias a los que la quinina de la tónica protegía de la malaria. Añadimos tres cubitos de hielo (no soy partidario del exceso de hielo) verter la ginebra a cierta distancia del vaso para que se oxigene y luego la tónica. Antes de beber darle unas pocas vueltas con cucharilla para animar las burbujas.
Yo lo tomo tal cual, no soy partidario de pepino, fresitas ni esas zarandajas que le echan ahora.



























