sábado, 23 de mayo de 2009

LLAMADAS PERDIDAS


Un enorme caserón vacio y oscuro, un viento gélido que agita las cortinas (era finales de enero y todos los cristales de las ventanas estaban rotos) y el persistente sonido de decenas de teléfonos que sonaban sin parar. Mi abuelo se las arregló muy bien para darle un toque a lo Edgar Allan Poe a su anécdota de la guerra civil –suponiendo que en los tiempos de Poe hubieran teléfonos, claro -. Me encantaría poder decir que cuando mi abuelo y yo nos alejábamos de aquel caserón abandonado desde hacía años nos sobresaltó el inconfundible sonido del timbre de un teléfono antiguo repicando desde el interior. Pero… eso solo pasa en las películas.